Surf en SD

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La vida está en el camino.

miércoles, 25 de mayo de 2016

La Felicidad Sí Es Algo Real


Por: L.F. Arias


La lluvia caía como un torrencial rabioso desde el cielo enturbiado caraqueño. Era un domingo normal, de estos típicos del año 2.016 venezolano. Me encontraba junto con una buena amiga, una amiga de la adolescencia que cada día se siente más lejana.  Ya nos acercamos a los 30, le dije echando broma, a lo que respondió con seriedad: Si tú apenas tienes 26, Floyd. Si hablas paja. Ella se tomaba un Gatorade de mandarina, yo uno de frutas tropicales, entre los dos costaron más de 600 bolívares en Farmatodo, es decir, más de un día de trabajo de un trabajador que cobre el salario mínimo. Sabes que los domingos me resultan tristes, no hace falta echarle leña al fuego con el fantasma de los 30, pude asumir entonces que había herido su sensibilidad.
El día nos había llevado desde los jardines de La Estancia hasta la plaza de Los Palos Grandes, hay algo en esa plaza que me encanta. No sé si es su fuente, su reloj, la biblioteca o su gente. Simplemente me hace sentir a gusto. Mira a las gradas, te imaginas que una pareja joven estuviese allí sentada mojándose porque sí, ella miró en dirección al sur de la plaza después de que yo hice el comentario. Ambos hicimos el ejercicio de imaginación. Una joven pareja ficticia apareció de pronto, mi amiga comenzó a hablar: Ajá, y para qué se sentarían allá a recibir este palo de agua. Yo negué con la cabeza. No sé a lo mejor solo están felices.
Ella tiene razón, los domingos han perdido la magia que solían tener hace meses. Yo tenía una idea, se la comentaba a todos mis conocidos, siempre decía que los domingos los árboles se veían más verdes. Ahora el verde dominguero parece haberse vuelto igual de trivial que el verde de los otros seis días de la semana. Imagínate que viven por aquí cerca, que después de besarse un poco corren a casa para refugiarse, continué con la fantasía que había nacido del ocio de esconderme de la lluvia. Ajá, ¿al llegar a casa qué pasa? ¿Los secuestran? ¿Se mueren? Algo así pasa, supongo. Ella movía sus manos demostrando un grado de estrés elevado, incluso más del habitual. Caracas nos tiene a todos al borde de un colapso emocional.
La pareja imaginaria desapareció de vista, su comentario me sorprendió, ¿Qué tenía que ver una pareja que disfrutaba de la lluvia con la tragedia de una muerte o de un secuestro? Ahora el que se mostraba alterado era yo. ¡No! Sabes se refugian en casa para hacer el amor o algo, bañarse juntos, tomarse una taza de café desnudos. Ella inclinó su cabeza a un lado: ¿Una situación feliz? Eso no tiene sentido. La miré sorprendido, negué con la cabeza: Por supuesto que tiene sentido. ¿Sí? Dime, ¿Quién se sienta con su pareja bajo la lluvia  y se va a la casa a tener un final feliz? Nos retamos con la mirada, parecíamos estar a punto de reírnos, pero el clímax no llegaba todavía. A mí me pasó una vez, la felicidad sí existe.
Las personas murmuraban a nuestro alrededor, las conversaciones iban desde el tema de la Asamblea Nacional, pasando por el nuevo precio de la carne (4.000 bolívares), hasta llegar a la posibilidad del referéndum revocatorio antes de que termine el año. Ella se rió: Discúlpame, es que el País me tiene ya enferma, tragedias por todos lados. Yo le di un sorbo a mi bebida y sonreí divertido: Tranquila, eso pasa, aunque me sorprende que en lugar de pensar en algo chévere se te hayan ocurrido esas ideas tan chimbas. Ella miró en dirección de la fuente, la lluvia perdía intensidad. Es que en estos tiempos ya la felicidad es irreal. La lluvia cesaba, y el sonido de las gotas chocando contra el suelo de Los Palos Grandes le hacía fondo a esas últimas palabras: La felicidad es irreal.
¿Será cierto? ¿Será que esta es nuestra nueva realidad? Me rehúso a creer que mi Venezuela no vuelva a ser aquella en la que un final feliz era lo común. La noche cayó y comenzó el toque de queda. Su abuelo me dio la cola hasta la casa. La calle estuvo vacía después, me acosté a dormir sin tener sueño cuando me venció el aburrimiento, no sin antes decirme a mí mismo que la felicidad sí es algo real. No lo olviden ustedes tampoco.


sábado, 14 de mayo de 2016

Aroma

Nos conocimos como adolescentes,
éramos dos peleles en formación.
Ahora ella trabaja en contabilidad
y yo en el área de producción.

Nos conocimos por accidente,
éramos dos muchachos muy diferentes.
Yo de dentadura inconsistente
y ella de enormes dientes.

Las estrellas iluminaban las noches
mientras entre besos nos perdíamos
de una realidad que resultaba ajena
a la vida que vivíamos.

Una avalancha era ella en la cama,
cada noche una sorpresa.
Ella hacia magia entre las sabanas,
amaba verla al despertar en las mañanas.

No hay dos mujeres iguales
porque todas son únicamente complejas.
Se esconden entre anécdotas triviales,
historias con fantásticas moralejas.

No hay en el mundo aroma como el de ella,
Tan dulce, indescriptible en este lenguaje.
No hay en el mundo silueta como aquella
Que se escondía entre prendas de encaje.

Ella se ha marchado este año,
y así he aprendido una que otra cosa.
Ella se fue procurando no hacer daño,
Lo hizo, y está bien, porque no soy de roca.

Nos separamos por accidente,
En definitiva, somos personas diferentes.
Mi sonrisa se apaga y se prende
Porque su recuerdo es intermitente.

Los astros encienden mi cielo nocturno,
la extraño de aquí a Saturno.
Ella vive en una realidad alterna
en la que conmigo sigue siendo tierna.

Todo anda en orden en mi cama,
extraño su poder sobrenatural.
Hay silencio todas las noches,
me aburre que todo vuelva a ser normal.

No hay dos mujeres iguales en el mundo,
No tiene por qué haber clones.
Sus mágicas diferencias están allí,
Queda de tarea apreciar todos sus dones.

No hay en el mundo aroma como el de ella,
Tan divina y graciosa crueldad.
No existe otra silueta así de bella,
Tan imperfecta y lejana a la deidad.

No hay aroma como el de ella,
Porque cuando partió perdí el olfato.
Perdí todos mis sentidos,
recordarla así no es sensato.





"Si sus cualidades te endulzan los cinco sentidos, quédatela".



L.F. Arias

lunes, 9 de mayo de 2016

Economía Paralela de Oficina

Por: L.F. Arias


El fenómeno de la hiperinflación que se ha desarrollado en nuestra amada Venezuela. Ha impulsado al venezolano de a pie a rebuscarse en la calle, en el Internet e, incluso, en sus puestos de trabajo. Para conocer más de cerca esta actividad económica paralela que se desarrolla en muchas oficinas a escala nacional, me di a la tarea de realizar un trabajo investigativo digno de Hércules Poirot, solo que no había víctima, bueno, sí hay una: nuestro bolsillo.
En esta oportunidad, visité una empresa de producción especializada en artículos cosméticos. Llegué a la empresa con la excusa de hacer un reportaje acerca del día a día de sus trabajadores. No me tarde mucho en descubrir el mercado paralelo que tiene lugar en la empresa. El mismo está segmentado entre aquellos que buscan un snack a media mañana o a media tarde, aquellos que son adictos al café y por los que buscan algún artículo más específico.
Karla López es una joven de 22 años que se desempeña como asistente administrativa. Tras siete años dedicados a sus labores, se ha visto en la necesidad de generar ingresos extra. La cosa está dura, esta situación no se aguanta, me dice en un tono propio de una señora que no sabe cómo apagar el computador. Yo tengo dos niños que alimentar y ya el sueldo no me alcanza. La empresa en la que labora Karla tiene una normativa estricta en lo que se refiere a la venta de cualquier artículo en la oficina: está prohibida. Yo sé que, cuando ingresé, firmé un documento en el cual se habla del tema, pero honestamente esta situación nos obliga a todos a sacar platica de donde no hay. Karla vende unas deliciosas empanaditas de limón que prepara su mamá. Mis empanaditas tienen buena demanda en el Departamento de Contabilidad, también han llegado algunos clientes del área de producción y del Departamento de Compras. Yo no le hago daño a nadie.
El sueldo de Karla no consigue satisfacer sus gastos básicos, según me explicó: Mira, yo tengo dos hijos, uno ya está grande, tiene 5 años, ese come lo que se le ponga en la mesa, pero al más chiquito tengo que comprarle su lechita; eso sin hablar de los pañales, de los gastos por la niñera, yo estudio  para ser contadora y la universidad es en la noche, me toca recurrir a alguien que me ayude a cuidar a los niños, que los busque al colegio.  Así, entre su desesperación, se despide de mí. No podía retirarme sin antes comprarle una empanada de limón, debo admitir que son muy ricas.
En la zona de empaque, labora un personaje bastante colorido cuyo nombre es Wilmer Barrios. Yo te voy a hablar claro, mi pana, ¿Te provoca una tortica marmoleada? Me preguntó a manera de chiste, también tengo ponquecitos que hace la jeva. Pura calidad. Wilmer es un comerciante  importante del área de planta, que se compone por el área de producción y el almacén.
Wilmer está bien al tanto de que la zona en la que el labora tiene restricciones bastantes fuertes. Todo el mundo sabe de mis tortas, hasta los jefes. Mira tú, el trato es sencillo, yo puedo vender siempre que nadie consuma mis productos en la zona de trabajo, cerca de una máquina. Eso me dijo mientras me señalaba los letreros que colgaban de las paredes: Prohibido ingerir alimentos en el área de producción. Departamento de Seguridad, Higiene y Ambiente. Los precios han aumentado y eso poco a poco ha afectado a sus clientes. Me quedan los más fieles, he disminuido mi producción por eso; también por el peo del azúcar y la harina. Este país se lo llevó quien lo trajo. Desde la zona de empaque, vi a un personaje que me interesó de inmediato: Ese es Enderson, si necesitas algo específico, ese es tu hombre. Me despedí de Wilmer, pero antes le compré un pedazo de torta marmoleada, me costó 300 bolívares.
El almacén es un territorio inexplorado para gran parte de los empleados de la empresa, pude acceder haciendo uso de mi habilidad para camuflarme y porque tenía acceso total para realizar mi trabajo de investigación. Wilmer me advirtió que Enderson era un vendedor con oficio, que vendía de todo, absolutamente de todo lo que pudiese imaginar. Resultó ser cierto, el hombre tenía de todo: ¿Usted conoce los últimos zapatos que sacó la Adidas? Bueno, se los dejo en 300 mil. Más barato ni en El Cementerio. Enderson es un Mercado Líder, hace uso de Mercadolibre para revender e intercambiar bienes con otros usuarios. ¿Sabes esas computadoras del Gobierno? Las Vit, te las tengo, 200 mil. También tengo unas cuantas Canaimitas en mi stock. Enderson se mostró celoso en todo momento, no compartió información acerca de cómo consigue sus bienes. ¿Te gustan los relojes? Tengo unos Technomarine del carajo. Entrar a la oficina en donde Enderson hace vida cinco días a la semana fue abrumador, nunca me habían ofrecido tantos artículos en tan solo diez minutos. Yo no sé qué hago trabajando aquí todavía. Más bien pierdo plata viniendo a la planta. El pasaje de transporte público acaba de aumentar a 45 bolívares, le comenté, a lo que respondió: y estará a sesenta y cinco dentro de cinco meses. Así no se puede vivir, hermano. De pronto, cuando me iba, me entregó una tarjeta que decía: Enderson Ruíz – Mercado Líder. Lo que busques yo te lo vendo, lo que vendas, yo te lo compro. Tenía todos sus números de contacto. También bachaqueo, te tengo el bulto de arroz a 19.000, me dijo desde la distancia.
Ya me encontraba fuera de la empresa cuando apareció otro comerciante más, Cristobalito¸ el vigilante. ¿Usted anda realizando entrevistas? Yo también tengo mi negocio. El señor vendía potes de Tupperware, palmeritas y café. Cuando alguien se quiere endulzar la vida, viene, se bebe un café y se come unas palmeritas. Cristobalito sacó un catálogo de Tupperware. Estos son excelentes para traer ensalada al trabajo. Me habló de las bondades de sus productos. Lo curioso es que cuando le pregunté por su competencia él dijo: Yo no dependo del personal que trabaja aquí, ¿tú ves todos esos galpones? Me señaló los galpones vecinos a la empresa. Bueno, ellos le compran al papá, yo nunca pierdo, el vicio del café es muy arrecho.
Sin duda, nuestra nación afronta la crisis más grande de este siglo. Podemos sentarnos a buscar culpables, podemos perder todo el tiempo del mundo. Lo cierto es que la gente está adaptándose cómo puede. Ya es bien sabido que en los tiempos de crisis, surgen las nuevas ideas: la economía paralela de oficina podría haber llegado para quedarse.



lunes, 2 de mayo de 2016

Fantasía Senil

¿Qué es esto que corroe mi epidermis?
No lo entiendo, no es propio de mí.
Avanza cual legión valiente
hambrienta de conquista, es vil.

¿Qué es esto que mancha mi sonrisa?
La misma que pensé perdida
cuando su presencia y su alegría
se marcharon en intrépida huida.

¿Quién eres tú, extraña?
Una vaga fantasía febril
que enciende las noches solitarias
de un pobre hombre senil.

¿Quién eres tú, extraña?
Una sombra del ayer
 que hoy me acompaña
en la angustia del olvido.

¿Quién eres tú, extraño?
No reconozco las arrugas
que surcan tu rostro
marcado por  penurias.

¿Quién eres tú, extraño?
Me confunde el vacío de tus ojos
Que vagan por sus cuencas,
Entristecidos por el despojo.

¿Qué es esto que frena mi andar?
Mis piernas tiemblan temerosas,
del miedo soy manjar,
divagando en fantasías irrisorias.

¿Qué es esto que apaga mis luces?
No comprendo, pierdo el foco.
Todo se sume en tinieblas,
¿será locura? Estoy loco.

Dime quién eres, extraña,
porque creo recordarte entre
sabanas manchadas de sudor
y vino de espumas.

Dime quién eres, extraña,
porque la angustia consume
los minutos que se alargan
prolongando una vida senil sin nombre.

Se han perdido los días entre
los surcos de mi frente,
te miro ahora,
pero eres diferente.
La mujer que perdí otrora
en los días del ayer.
La anciana del recuerdo
que alumbraba el amanecer.

La anciana, antes joven mujer,
dime tu nombre ahora,
no te vuelvas a perder,
extraña compañera.
No te vuelvas a marchar,
extraña compañera.
Responde la interrogante planteada:
¿Cómo es que te llamabas?


"Vemos lo que no es posible si queremos verlo".


L.F. Arias.





domingo, 24 de abril de 2016

Crepúsculo

Te conocí mediante una casualidad,
un instante descuidado que seguramente
fue diseñado por el destino.
Te conocí porque así debía ser,
porque me juego todas mis cartas
a que de esa manera estaba escrito.

Esto del amor es una lotería,
un juego de azar,
en el que la ley de las probabilidades
se burla de todos nosotros.

Te aprieto entre mis brazos con nerviosismo,
un instante preciado que, seguramente,
refleja mi miedo a perderte.
Te abrazo como si fueras a irte mañana,
porque sé que jugamos un juego
cuyo desenlace queremos desconocer.

Esto del amor es un acertijo
que intentamos resolver todos,
cuya respuesta no alcanzamos a descubrir,
a pesar de la inversión de neuronas.

Busco respuestas en los patrones de las nubes,
con la esperanza de que me ayuden a descifrar
esta situación de incertidumbre.
Busco apoyo en los dibujos crepusculares,
porque una vez me dijiste
que ellos no mienten.

Queremos creer que la predicción no es cierta,
pero somos incapaces de anticipar
lo que pasará mañana
entre tú y yo.

Te entrego lo que no tengo,
lo que no me pertenece,
aun cuando no me lo pides.
Es un vago intento de compensación,
porque sé que no me entrego por completo
cuando tú lo necesitas.

Queremos hacernos los valientes,
pero sabemos que la eternidad
pertenece a todos
los que ya se han marchado.

Me has regalado este crepúsculo,
porque te ha parecido ostentoso.
Lo has hecho porque sientes
que pronto te  marcharás.
No voy a estar listo,
pero así serán las cosas.

Los días se acaban,
igual que como nacen.
Todo va a encontrar un final,
para que podamos volver a comenzar.

Esto del amor es para valientes,
porque se exponen nuestros flancos débiles.
Tú conoces mis fragilidades,
así como yo conozco las tuyas.
Conoces mis longitudes
y yo tus profundidades.

La primera vez que vimos morir el día,
el crepúsculo se parecía al de hoy.
Mañana el cielo se iluminará
honrando tu ausencia,
porque tu belleza infinita
es digna de ceremonias climáticas.

El momento de tu partida será crepuscular,
un espectáculo de luces diversas
que se dibujarán en mi cielo ausente de nubes.
El momento en el que el sabor de tus labios
muera en los míos, ese momento…
Ese me lo llevaré conmigo… Por siempre.
Solamente no te vayas todavía,
porque el día no ha terminado.



"Tu despedida será tan amarga, como dulce fue tu compañía".

L.F. Arias

domingo, 17 de abril de 2016

Sueños Socialistas


Por: L.F. Arias


Cuando el difunto Presidente Chávez sembró la idea del proyecto socialista por allá en los años noventa, muchos comenzaron a hacer especulaciones con respecto a cómo Venezuela se pondría en marcha a su perdición. Hablaban de una Venezuela ficticia que se asemejaría a la Cuba comunista de Fidel Castro. Muchos nos reímos, yo era un niño y me reí: Eso es imposible, ¿en qué mundo Venezuela se pondría al mismo nivel de Cuba? ¡Jamás! La historia se encargó de demostrar que sí era posible, que Venezuela sí podía comenzar a ir en retroceso sin esforzarse mucho. Pronto la República de Venezuela pasó a llamarse República Bolivariana de Venezuela.
Cuando era un niño yo soñaba con ser Astronauta, Veterinario o Presidente, esta última profesión ocasionaba burlas amistosas de parte de algunos familiares: ¿Presidente? Eso es imposible, Floyd. Más fácil será llegar a la luna. Así pues, me olvidé de mi prominente carrera política y lo más lejos que he llegado es a participar en la junta de condominio. Mis sueños han cambiado con el pasar de los años.
Cuando entré en la pubertad soñaba con las nalgas jugosas de una de mis compañeritas del sexto grado, soñaba que ella se levantaba la falda para mí, que solo servía de espectador, porque para ese entonces mi inocencia superaba mi incipiente perversión de puberto. Cuando cumplí 15 años, soñaba con jugar fútbol, quería ser profesional y que un scout del Inter de Milán me reclutara; una lesión en el tobillo me alejó de las canchas por meses y cuando me recuperé quería entonces ser músico. De músico pasé a ser un poeta amateur y de poeta amateur pasé a ser un adulto joven que decidió dar un salto a la ingeniería. Ya siendo un ingeniero, un adulto joven profesional, me encuentro con que no sueño con Ferraris, Lamborghinis, viajes a Europa o con alguna de estas actrices que humedecen sueños. Resulta que estoy enfermo de Revolución, ahora tengo sueños socialistas.
Hace días, tuve mi primer episodio, estaba yo paseando por los pasillos de un Farmatodo, y era surreal, los anaqueles estaban llenos de productos variados, era como un Throwback Thursday, pero no era jueves. Una serie de recuerdos felices de principios del siglo XXI. Frenesí. Sentí una especie de excitación sexual, era como volver a ver las nalgas de Laura, las selfies underboobs de Veronica Gómez o anotar un gol en el Giuseppe Meazza. Corría con mi carrito pasillo por pasillo, tomé tantos Doritos naturales como pude, gomitas de aritos, una docena de cajas de condones de diversos tipos, crema dental de esa Herbal (la que tenía el dibujito de un castor en la caja), había acetaminofén, cremas cuyo principio activo es la Desonida, chocolates importados baratos. El Bolívar volvió a tener valor. La vida volvía a sonreírme. De pronto llegó la tristeza, no había cola para pagar y me dije: Esta vaina es un sueño. Me desperté.
Hoy estoy frente al computador, me doy cuenta de que la miseria de a poco se ha hecho parte de mi día a día, no porque yo quiera, sino porque es abrumadora. Tuve un sueño socialista, soñé con que volvía ese Capitalismo salvaje que mantenía los anaqueles repletos.
A manera de chiste les he comentado esto a mis amigos del trabajo, ellos no se rieron. ¿Saben qué respondieron? De verdad que no me lo esperaba: ¿No me digas que tú también has soñado esa vaina?
Uno de ellos incluso describió el suyo: Estaba yo en el supermercado. Había arroz, leche, azúcar, carne, pollo, pasta. Chamo había de todo. Las señoras me preguntaban en la calle que en dónde había conseguido tantos productos y yo les respondía que había para todo el mundo, que había para todo el mundo.
Tras 17 años de camino recorrido, hoy nos encontramos sumidos en el fondo de un mar que antes navegábamos sin mayores contratiempos. No supimos entonces que los malos momentos pasan, en cambio buscamos una cura a la enfermedad, que hoy se ha transformado en una enfermedad peor.
¿Qué soñarán nuestros niños de hoy en día? ¿Acaso pueden permitirse soñar con ser superhéroes? O será que les ocupa la mente la fantasía de una arepita caliente, porque hoy comer una arepa es un lujo. Hoy, al parecer, los sueños que abundan son los socialistas, que consisten básicamente en que termine esta tortura y volvamos a la Venezuela que no tenía que preocuparse por un inminente apagón, ni por salir a la calle a las siete de la noche. ¿Dónde está la Venezuela que no era Bolivariana? Aquella que, a diferencia de esta, era feliz y no lo sabía.    


jueves, 14 de abril de 2016

Un lunes más en mi vida

La mañana comenzó con el trepidante ritmo habitual de los lunes caraqueños: Sin agua y sin escuchar la alarma de mi celular. ¿Alguna vez se han preguntado cómo es que los teléfonos celulares se hicieron con el monopolio de los gadgets que nos facilitan la vida? Ahora ese virtuoso aparato maneja nuestra agenda, nos despierta por las mañana, saca nuestras cuentas, toma nuestras fotografías y hasta nos sirve de pendrive. No encuentro cómo alguien puede vivir sin un teléfono celular en estos días modernos. Salté desde el segundo piso de mi cama litera y corrí a la ducha, por suerte mi hermano seguía en el séptimo sueño, el flojo ese no me robó el baño. Mi mamá pegaba gritos desde la cocina, decía cosas como: ¡Pensé que no ibas a trabajar! ¿Me da tiempo de prepararte el desayuno? Si se apuraba sí.
La crisis del agua en Caracas nos tiene a todos hastiados, es decir, todo es culpa de “El Niño”, ¿De verdad será culpa de “El Niño? No sé, no creo. El agua del tobo estaba fría, me apuré con el jabón y el champú. De pronto surgió una sensación incómoda en mi abdomen, en otras palabras: Tenía ganas de ir al baño. Me sequé rápido y me senté en la poceta, me puse a pensar en lo raro que era tener ganas a esas horas de la mañana. Soy de las personas que no van al baño todos los días. La respuesta se dibujó delante de mis ojos: Comida mexicana con las chicas la noche anterior.
Yo no soy fanática de las comidas picantes o sobresazonadas, pero las chicas insistieron. Las chicas siempre insisten: Vamos, Phany. Siempre rompiendo el grupo, estos burritos están buenísimos. Cuando les pregunté si picaban solo se limitaron a responder con un lacónico: No. Sí estaba picante, por supuesto que lo estaba, de broma y lloro. Tienes los ojitos aguados, mi amor, comentó el idiota de Francisco. La verdad es que todavía no encuentro respuesta a qué desgracia astral propició que me empatara con ese pendejo. Toma, aquí está mi Coca-cola, así se te va a pasar el picor. No se me pasó, ni lo besé cuando me llevó a casa. Se quedó con las ganas de jugar en el asiento trasero.
¡Phany no recogiste agua para el tobo del baño! Mi mamá es tan inoportuna. Es decir, yo sufro en el baño, puedo pasarme hasta media hora pujando y nada. Con sus distracciones menos. Le respondí que ya no había agua cuando me levanté y ella insistió en tener una conversación al respecto. El cuento en versión corta: Me puse mis pantaletas, mis jeans, un sostén deportivo, una blusita bonita y salí del baño arrecha como Katrina cuando devastó la costa este de Estados Unidos en agosto de dos mil cinco. Agarré mi almuerzo, lo metí en mi bolso y abandoné la casa como un bólido. Todavía tenía ganas de ir al baño.
Una aguda puntada abdominal hacía que mi caminar fuese incómodo. Miré para todas partes, todo estaba cerrado en el Bulevar de Sabana Grande. ¿Alguna vez se han preguntado por qué no hay baños públicos en Caracas? Yo sí. Tengo varias teorías, la primera tiene que ver con el aseo, ¿Cómo sería el aseo de los baños? Seguramente estarían vueltos mierda. La segunda, ¿Cómo sería la vigilancia? Es decir, los hoteles están caros, a más de un ocioso se le ocurría meterse ahí a echar un polvito, o dos o tres. La tercera, a lo mejor no los utilizarían como cubículos sexuales, pero los drogadictos podrían invadirlos para intoxicarse en ellos. La cuarta, podrían volverse los hogares de los indigentes de zonas aledañas. En fin, los baños públicos no serían viables, los únicos que ganarían serían los buhoneros que de seguro venderían papel tualé, jabón y condones a sus alrededores. A lo mejor, algunos emprendedores venderían hasta sábanas; quién sabe.
Ya en el bus, se me escapó una risa traviesa y con ella vino de acompañante un gas, un peo silencioso. Eso me arruinó el momento. Iba pensando en cuando Gabriel, mi hermano, el flojo, me echaba broma en el colegio. Qué gallo es uno en el colegio. Ahí viene la estítica, le decía a mis amigas durante la hora del recreo. Yo le caía a coñazos. Eso era lo divertido. Mi mamá no hacía más que reírse en las reuniones con la directora, quien siempre le preguntaba: ¿Cómo se llevan estos dos en casa?
Mi hermano ha sido un fracaso total desde que llegó al mundo, pero no por eso he dejado de quererlo. Es un tipo carismático que aprendió a caminar como a los 4 años. Una de las razones que me han hecho querer dejarle caer un yunque en la cabeza desde mi cama, es que se ha cogido a todas mis amigas. Ustedes no pueden ni imaginarse lo que es despertarse a eso de las dos y media de la mañana porque una voz familiar te busca conversación desde la cama de abajo: ¿Estás despierta, marica? Mañana tenemos examen de historia. No tiene sentido, siempre tuve las amiguitas más putas del colegio, y ellas a su vez caían rendidas ante la ineptitud de mi hermanito. Oye, Gabriel, ¿Cuándo vas a dejar de cogerte  a mis amigas? Le pregunté una mañana cuando estaba en quinto año. Su respuesta cerró la breve conversación: Cuando dejen de ser tan puticas, ¿No me has visto bien? Soy un pendejo, ¿Es que acaso no se dan cuenta?
El bus quedó atrapado en una cola mañanera, yo no sé por qué, pero cuando uno está con los intestinos cargados, no puede dejar de moverse. En lo que el bus se detuvo, mis ganas aumentaron exponencialmente. Eso me puso a cuestionarme el tema del tráfico: ¿Por qué hay colas todas las malditas mañanas de la historia de Caracas? Yo no sé si los encargados de planificar el desarrollo de la ciudad hacen su trabajo o solo se roban los riales. Es verdad, todas las mañanas la cola me hace llegar tarde al trabajo. Ya sé que está la opción del metro, pero desde el incidente de la mañana del vestido, no lo he querido usar de nuevo.
El andén de la estación Plaza Venezuela se pone como la olla de un concierto de rock, imposible. Mal olor, sudor pegajoso, gritos estridentes, mentadas de madre y las sacudidas que se producen cuando los usuarios abandonan los trenes y se abren paso, a patadas y golpes, hasta las escaleras. Como esa estación me queda más cerca que la de Sabana Grande, es la que solía usar. Aquella fatídica mañana, se me ocurrió la magnífica idea de irme en vestido a la tienda. Yo trabajo en una tienda de ropa. Claro que esa idea no llegó a mi cabeza por sí sola, las chicas y el imbécil de Francisco la pusieron allí. Te debes ver linda en vestido, vamos a hacer un día de vestido, los martes serían perfectos, eso decía Martha. Por supuesto que a ella le gustan los vestidos, así el tarado de Gabriel tiene más fácil acceso a su área vaginal. Tres veces los he atrapado en las escaleras del edificio. El piso cinco debe ser su favorito. Yo no sé cómo mi hermano no ha preñado a alguna de mis queridísimas amigas. Vamos, Phany. No seas rompe grupo, Gaba apoyaba a Martha. Total que las tres chicas cantaron a coro: Martes de vestido, martes de vestido. La escena era surreal, parecían carajitas de tercer grado. ¿Van a ir con vestido los martes? Te tengo que ver los martes, me encanta cuando te pones vestido, mi amor. Francisco siempre ha sido un baboso. Como si yo no supiera la verdadera razón por la cual fantasea conmigo vestida así.
El motivo de la cola era el común: Chismosos en la vía. Un carro había chocado con una moto y todo el mundo quería ver el accidente, tomar fotos, grabar videos. A la gente así deberían quitarle sus teléfonos celulares. ¿Saben lo que es retrasar el tráfico para chismear? ¿Será que les divierte la desgracia ajena? No voy a mentir, en un día normal, eso no me hubiese molestado demasiado, pero aquella mañana estaba apurada, necesitaba el baño de la tienda. ¿Por qué esa carita tan tensa, mi vida? Sonríe. Me dijo un viejo baboso, me provocó responderle con un seco: Me estoy cagando. Dios, sí. Una dama no habla así, pero a ustedes no los voy a engañar. Yo no soy una dama.
Aquel martes de vestido mi mamá estaba feliz, no cabía en ella su estúpida feminidad: Te ves como toda una dama, Phany. ¡Qué linda! Bella estás. Ojalá te hubieses arreglado las manos. No me iba a arreglar las manos, no me alcanzaba la plata para pagar por la manicure y tampoco tenía ganas de llegar a la casa a las nueve de la noche a ponerme bonita para la sociedad. Una vez en la calle, caminé con pasos cortos por miedo a que el viento me fuera a jugar una pasada, tenía puesto un hilo, si se me levantaba el vestido iba a mostrar hasta el alma. El andén estuvo como siempre: Repleto. ¿Alguna vez se han preguntado de dónde sale tanta gente en las mañanas? Vamos a ser francos, millones de personas salen hasta de las alcantarillas todas las mañanas en Caracas. ¿Se imaginan si esta ciudad fuese más grande? No me imagino si Caracas fuese tan grande como Bogotá. Mientras pensaba en pendejadas y cuidaba que no me metieran mucha mano, llegó el tren. Fui sometida y arrastrada hasta el interior del vagón. Yo pensaba que era lo normal, en lo incómodo que era viajar en metro con vestido; no me esperé que un viejo sádico me presionara contra uno de los tubos verticales esos de donde uno se agarra para no caerse: Estás bella hoy, mami. El viejo tenía aliento a chuleta frita encebollada. Me apretó tanto que sentí como si el tubo se internara entre mis nalgas. Qué situación tan desagradable. Después en el túnel, una mano gorda se deslizaba subiendo por mis piernas y me tocó. Yo creo que por poco y me meto a lesbiana después del evento del vestido. Una parte de mí no va a poder volver a ver a los hombres de la misma manera. Estás tiernita, mi reina. Lo que más me molesta, es que no le metí un coñazo al sádico ese, me quedé paralizada como una pendeja. Al llegar a la tienda me metí en el baño. Me puse a llorar, estaba asqueada de todo, olía a sudor, estaba babeada. Ese fue el primer y el último martes de vestido. Lo juro.
La parada del bus está a una cuadra de la tienda. Trotar en sandalias es una pesadilla. Solo tenía un deseo: Que la estúpida de Martha hubiese llegado temprano para abrir la tienda, de otra manera me iba a hacer en los pantalones. Ella me lo debía, a fin de cuentas fue por su cumpleaños que salimos a comer comida mexicana. La mañana estaba empañada por la calima, una suerte de ceniza que se producía por los incendios de El Ávila típicos de la temporada de sequía. Mi alergia aparecía de nuevo. Por mi casa el tema de la calima no era tan fuerte como por el trabajo. Ahora tenía ganas de ir al baño y la nariz aguada. Me encantaría operarme de la rinitis. Tiene años volviéndome loca.
Cuando Phany estaba en el colegio le decía “la mocosa”, siempre la estaba jodiendo. Otro de los cuentos malsanos de Gabriel. Estábamos él, Martha, Francisco y yo tomando en la orilla de la piscina del club de Higuerote. Siempre me caía a coñazos, todo quería resolverlo a los golpes. Francisco se moría de la risa, después tuvo que participar en la conversación, no podía aguantarse: Todavía quiere resolverlo todo así. Es un idiota, mi novio tiene profundos problemas mentales. Ahora que lo dicen, Phany ha estado a punto de golpear a varias clientas. Claro que sí, la mayoría de nuestra clientela se compone por una cuerda de niñitas malcriadas que con sus estupideces vienen a joderme la paciencia. Si no he golpeado a nadie en la tienda, es porque Dios es grande. Pero eres bella, Phany. Ahí estaba Francisco de nuevo, pretendiendo solucionarlo todo con sus frases trilladas. Era de noche, el sereno se estaba haciendo más fuerte. Ahí viene, miren, esperen. Gabriel ya me conocía bien, él sabía cuándo me iba a dar un ataque alérgico incluso antes de que yo lo sintiera. Antes de los treinta debo operarme de la rinitis, es insoportable, irritante, obstinante. La odio.  Estuve moqueando toda la noche.
Martha y María ya estaban en la tienda para cuando llegué. Gaba, la más puntual de las tres, no estaba por ahí. Te ves horrible, Phany. Comentó Martha, ella es muy oportuna con sus comentarios. Es una estúpida. Sonreí con amargura y me interné en el depósito. Caminé rápido para colarme en el baño. Los retorcijones ya eran demasiado fuertes. ¿Alguna vez les ha pasado? Uno sabe cuándo puede y cuándo no puede aguantarse más. Comenzó a sonar mi teléfono celular. La curiosidad me ganó, revisé y resultó ser Gabriel: Hola, estítica. Me dejaste el tobo vacío justo hoy que tenía una reunión en la universidad. ¿De verdad? Gabriel es el ser más desacertado del mundo. Le colgué, no podía ni hablar. Llegué al baño, empujé la puerta… Estaba cerrada. Gaba lo estaba usando, pensé que me iba a morir.
En mi casa solamente hay un baño. Toda mi vida lo he compartido con mi mamá y Gabriel. La ley de Murphy existe en verdad, porque cuando no necesito el baño siempre lo encuentro libre, en cambio, cuando por única vez durante la semana, tengo ganas de ir, Gabriel se está afeitando los cuatro pelos que tiene por bigote o a mi mamá le da por jugar con su cabello. El tema del baño es delicado para mí. Una vez en casa de Francisco me dieron ganas de ir, estábamos empezando a salir, tenía muchísima pena, pero de pana no aguantaba más. Me decidí, revisé mi bolso y saqué una varita de incienso, una mujer precavida vale por dos. Corrí al baño de visitas y a qué no adivinan, estaba ocupado, a Francisco le dieron ganas de utilizar ese baño en ese preciso instante. Si mi vida dependiera de encontrar un baño disponible cuando lo necesito, ya estaría muerta. No hablemos del estado del cadáver, porque lo muertos no pueden aguantarse.
¿Alguna vez les ha pasado que están tan cerca del baño que sienten que ya se les va a salir todo? Así estaba yo el lunes por la mañana. Gaba se tardó como un siglo. A mí me pareció un siglo. Cuando salió, la acompañó un olor putrefacto que de broma y me desmaya, se sonrojó: Ay, amiga. Tenías razón, no debíamos comernos esos burritos picantes. El mío me cayó fatal. Se alejó a paso apurado. Del tiro hasta se me curó la nariz mocosa. Tomé una respiración profunda y me interné en el baño. La puntada abdominal disminuyó cuando tomé asiento en la poceta que, vale la pena decir, mi amiga dejó caliente. Por lo menos había agua. Qué mañana la del lunes. Qué desesperación la de necesitar un baño. Qué estrés el tráfico de Caracas. Qué ladilla es Gabriel. Qué baboso es Francisco. Qué pendejas son mis amigas. Qué sabroso, qué placentero es finalmente evacuar, voy a decirlo así, como si fuera una dama decente. 
          ¡Qué peste dejó Gaba en ese baño! Ojalá y nadie haya entrado en los próximos veinte minutos después de mí; eso es lo que falta, que digan que el otro día dejé el baño hediondo. 

A todos les ha pasado, ¿No? (Imagen de una desconocida graciosa).


L.F. Arias.