Surf en SD

Surf en SD
La vida está en el camino.
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Floyd. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Floyd. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de mayo de 2016

Mi Amor

No hay amor como el primero. Todos son únicos.
Por: L.F. Arias


I

I know this love is insane / I love this love is insane.

                Las cornetas del viejo iPod del abuelo dejaban escapar una melodía propia de hacía 4 décadas. César yacía sobre el suelo del ático, decenas de hojas tamaño carta reposaban a su alrededor.

You and I knew of every which way / it’s never the same / I’m afraid we’re to blame.

                El sonido de unos pasos anunció el ascenso de un visitante. Los ojos de César se abrieron al máximo, se apresuró a secar las lágrimas que brotaban de ellos. Se sonó la nariz con cuidado y se limpió con la manga izquierda de su suéter de lana.

¿Eres tú, abuelo? Preguntó temeroso, le daba algo de vergüenza que lo vieran llorar. Ya el tiempo de llorarla debía haber terminado un par de semanas antes.
Sí, hijo. Escuché la música. El anciano asomó la cabeza por el agujero de entrada. ¿Qué haces acá escondido? ¿Te estás quedando con la buena música para ti solo, bribón? El viejo estaba sonriente.

I know we are cool kids / I love we are cool kids.

No. César se giró para encarar a su abuelo. Fingió una sonrisa, pero fue muy amarga para que el anciano se la creyera.
Twin Cabins, qué banda. Los escuché por primera vez hace añales, era 2.013.  Negó con la cabeza mientras continuaba su ascenso. Tenía tiempo sin escucharlos.
Son buenos, sí.
¿Sigues triste? Me imagino que por eso estás acá.

Black and White / Red or blue / Never clear, which means I love you.

  Sí, Bueno, no. Es decir…
¿Es decir?
 La extraño, abuelo.

                El viejo avanzó con pasos cautelosos hasta situarse al lado de César. Se sentó con cuidado, hizo un gesto de dolor.

Mi espalda ya no es la misma desde hace años. Sonrió, pero estaba adolorido. Finalmente se recostó de una pared. Lauren era una chica de esas que valen su peso en oro, entiendo que la extrañes.
Gracias. César pareció molestarse con el cometario de su abuelo.
¿Qué te puedo decir? Hay mujeres que le marcan a uno la vida.
Ella era mi Amor, abuelo.

                César escrutó el rostro del anciano, se dio cuenta de que esas palabras le habían diluido el semblante jovial. Algo había pasado.

Never clear, which means I love you.

II

 No tienes idea de cuánto esperé por este día, mi amor. El joven Héctor la miraba fijamente a los ojos. Los mismos ojos. La misma mirada bondadosa.
No, pero ha pasado tiempo, Héctor. Xenia sostenía la puerta de su casa con un talón para que no se cerrara.
Un año y medio. Como setenta semanas. Más de quinientos días, todos y cada uno de los cuales te pensé.
Qué bueno.
Sí.

                Un tenso silencio se apoderó del lugar. Xenia preparando su huida y Héctor mirándola. Ambos sostenían bolsas que se acababan de intercambiar. Héctor esperaba algo que, al parecer, Xenia no iba a darle.

III

Me siento de maravilla. Héctor sonreía de oreja a oreja. Susana, su única amiga, se regocijaba con el cambio de actitud del joven. Lo quería mucho.
Así que finalmente ha terminado, es una noticia fantástica. ¿Cómo sabes que ya estás bien?
Se ha hecho evidente que ya las conversaciones no giran en torno a Xenia.
Eso debe ser un alivio, te debes sentir como si ya no cargaras con ese peso.

                Héctor tomó un muslo de pollo frito de su plato y le dio un mordisco. Negó con la cabeza. Tragó.

Por primera vez en más de 4 años me siento libre. Estoy aquí ahora, hoy es un día maravilloso. Ya no vivo en el mañana.

                Susana tomó su vaso para beber un poco de té frío. Escuchó como el teléfono celular de Héctor sonaba. Ambos se sorprendieron.

¿No vas a contestar?
Es solo un mensaje de texto. Susana hizo un gesto de reprobación con sus labios. Héctor viró sus ojos al techo, después metió una mano en su bolsillo. Sacó el celular. Colocó el muslo en el plato y su mirada se volvió amarga.
¿Qué pasa?

                Héctor colocó el teléfono sobre la mesa. A la distancia, Susana pudo leer el nombre del destinatario: Xenia.

IV

Black and White / Red or blue / Never clear, which means I love you.

                Su abuelo se había quedado sin palabras. Su mirada se perdió en la pared que tenía al frente. La música, y las respiraciones forzadas del anciano, era lo único que se escuchaba.

¿Qué sucede, abuelo? ¿Te sientes bien?
Sí, solo me acordé de una cosa.
¿Qué cosa? ¿Quieres que llame a la abuela?
¡Dios! ¡No! No llames a la abuela. Extrajo un pañuelo del bolsillo frontal de su camisa de botones y se secó la frente.
Es que te pusiste hasta pálido, abuelo. ¿Seguro que estás bien?

‘Cause you are a cool kid.

                La canción murió mientras el abuelo procedía a responder.

Sí, es que reviví un encuentro que tuve hace muchos años.
¿Qué encuentro? ¿Qué pasó?
Una mujer. Le dije Mi Amor por última vez.

                César comenzó a reírse.

Si inventas, abuelo.
No, hijo.
No te hagas de rogar, abuelo. Cuéntame.

V

¿Qué quería? Susana lucía molesta. Caminaban a paso apurado por la avenida Francisco de Miranda. ¿Qué te dijo?
Quiere intercambiar nuestras cosas.
¿Ahorita? Es decir, después de un año y medio. No tiene sentido. Son ganas de joder.
Normal.
¿Cuándo se verán?
Mañana, iré a su edificio.

                Susana tomó por un brazo a Héctor forzándolo a detenerse.

Hace media hora me dijiste que estabas bien, que vives en el hoy. Me dijiste que estabas feliz. No dejes que esto te arruine el momento.
No es eso.
¿Entonces qué te pasa?

                Héctor parecía asustado. Errático.

Tengo muchas cosas que decirle. Quiero hablarle y me da miedo que ella no quiera.
¿Vas a estar bien? Soltó el brazo de su amigo.

                Héctor se limitó a mover su cabeza de arriba hacia abajo.

Yo te llevo. ¿Te parece?
Sí.

VI

Hey there Little honey won’t you Groove? / I’ve trying all night to dance with you.

                La música volvía a inundar el ambiente. Otra canción de Twin Cabins.

¿Está descargado todo el álbum? Preguntó el anciano. No me acuerdo.
No me cambies el tema, abuelo.
Sí, bueno. Sonrió como volviendo a ser el mismo de unos minutos antes. Fue hace años, muchos años. Tenía yo tu edad.
Ya va… ¿Es en serio todo esto?
Sí.
¿Qué hay de la abuela?
No te vayas por otro lado, hijo. Yo amo a tu abuela, pero ella no fue mi primer amor. No hay otro amor como ese. El pie derecho del hombre se movía siguiendo el ritmo de la música. Estás todavía muy joven, ni te imaginas todas las vueltas que da la vida.

But I would like to dance with you / Awkwardly in haze / to this little tune.

¿Cómo era ella? Cuéntame.
Ella era blanca como la nieve. Dulce como el azúcar y bella como ella sola.
¿Qué más?
La amaba, pero era muy joven, no supe amarla al final. Su voz denotaba tristeza.
No te entiendo. César poco a poco fue sentándose de piernas cruzadas.
Eso que me acabas de decir, que Lauren es tu amor, yo lo decía también cuando ella se marchó.
No debiste dejar que se fuera. Yo no quiero dejar que Lauren se vaya.
Hice lo que creí correcto, hijo. ¿Qué sentido tiene retener a alguien que desea irse? Hay un proverbio japonés que dice: “No retengas a quien se va, ni rechaces a quien llega”.
Y, ¿Qué se supone que significa eso?
Que lo que pasa es lo mejor, hijo. Que si ella se va, es porque tiene que irse y que lo que viene será mejor. El muchacho no lució convencido.
¿Cómo la conociste? César frunció el ceño. Hizo la pregunta mientras digería las palabras de su abuelo.
Estábamos en una fiesta.

VII

                La melodía era mágica. El momento parecía correcto. Todo en Héctor estaba bien. La sala de la casa de Susana era un territorio invadido por gente chévere. Por lo menos todos se veían bien, podía ser una trampa armada por la cerveza. Diez cervezas llevaba en su cuenta.

La vas a deshacer con la mirada. Susana se burlaba de Héctor.
Es que es bella.
Sí, Xenia es hermosa. Creo que no tiene novio.
Está bien.
Háblale, bobo. Sabes que te mueres por hacerlo.

                Héctor sonrió medio ebrio y caminó torpemente en dirección de la amiga de Susana. La habitación se movía. Las sonrisas se alargaban en los rostros de las personas que se encontraban en ella. Xenia lo miró con curiosa expectación.

Well we shouldn’t be wasting time / Spend it now.

¿Te gusta Twin Cabins? Héctor inició la conversación.
Sí. Son cool.
¿Quieres bailar? Preguntó y después le miró los zapatos, unos botines converse completamente negros.
Sí.

We shouldn’t be saving time.

Me gustas. Dijo Héctor sin pensarlo primero. El aroma de sus cabellos rojizos lo embobaba. Xenia le dedicó una sonrisa. Solo bailaron un rato sin hablar. Ella le dio su número de teléfono al terminar.

VIII

¿Puedo decirte algo? Preguntó Héctor sin que viniera al caso. Lo hizo porque el silencio lo estaba matando.
Claro. Ya estamos acá.
Te quiero, siempre te quise y no he dejado de hacerlo.
Yo también te quise. Mucho.
Lamento no haberlo dicho lo suficiente, también lamento no haberlo dicho con la intensidad que lo deseaba, con la intensidad con la que lo sentía. Héctor se sentía cada vez más libre.
Es una lástima que el tiempo se haya pasado así.
 No ha habido noche en la que haya dejado de pensarte. Te pienso al despertar y al irme a dormir. Te imagino en todos lados. Cuando como, estás sentada a mi lado en la mesa.
Ya, Héctor, suficiente.
Cuando veo una película, estás recostada de mi pecho. En las noches, reposas a mi lado, el lado izquierdo de la cama es tuyo. Cuando estoy con alguien más, ahí estás tú. Escucho tu voz con cada soplo del viento, porque tú eres viento, eres vida. Tú eres inspiración, mi motor, aun cuando estás ausente físicamente.
No digas más, por favor, Héctor.
Sé que mi tiempo pasó. Sé que se acabó. Pero lamento cada día no haberte dicho todo lo que te quería decir.
Para, Héctor, vamos…

                Héctor dejó de hablar. Xenia apretaba la bolsa que le había entregado Héctor al llegar. Él apretaba la que ella le había dado como parte del intercambio de cosas.

IX

                Susana manejaba como una anciana, parecía como si no quisiera llegar a casa de Xenia. Héctor iba de co-piloto. No decía nada. Solo se escuchaba la música. Twin Cabins en la radio.

Wait for me to come / I know I’ve waiting for so long.

¿Seguro que has puesto todo en esa bolsa?
Sí, ella no dejó nada realmente importante en casa.
¿Qué dejaste tú en la de ella?
Tonterías, cositas.

                El edificio se hizo visible, ya estaban en la misma cuadra.

There’s never been a better day / None of this is ever going to go away.

Entonces son ganas de joder, no tiene sentido que después de tanto tiempo vayan a intercambiarse “cositas”. Cómo la detesto…

                Héctor sonrió nervioso.

Es el fin del ciclo. Es necesario. Pasé muchas noches esperando por este momento.
Tú estás loco, no te entiendo. Te dejo aquí y me estaciono por allá para esperarte. Suerte.

If I’d seen your ways (I would go insane).

                Susana se alejó en su vehículo. Héctor avanzó rumbo a su destino.

X

Xenia estaba incómoda. Héctor aterrado. De pronto comenzó a hablar de nuevo.

Tú fuiste el regalo más bonito que me ha dado la vida, te pedí. Te dibujé antes de conocerte, Xenia. Y te perdí. Eso ha quedado claro.
Héctor, no sigas, por favor. Ya me tengo que ir, lo siento. Xenia parecía cansada. Empujó la puerta con la espalda para abrirse paso al interior del edificio.
Disculpa, pero fueron muchos días queriendo decirte esto. Disculpa.
Gracias, Héctor. Fuiste un novio increíble, solo no funcionó. Tú sabes que no funcionó.
¿Por qué me escribiste?
¿La verdad?
Nunca he pedido otra cosa, mi amor.
Quería saber cómo estabas. Veo que estás bien.
Estás bella. Tú sabes que tu belleza se divide en tres. Xenia lució calmada, parecía saber lo que diría Héctor. Tu belleza está aquí. Se tocó la sien con su dedo índice. Aquí. Se tocó el pecho a la altura del corazón. Y ahí. Hizo un ademán indicando que el resto del cuerpo de Xenia era bello. ¿Cómo no amarte? Solo tú eres tú, tuve mucha suerte. Los cachetes de Xenia se tornaron colorados. 
Ojalá hubiese funcionado. Cuídate mucho, Héctor. Ten una vida bonita. Sus ojos se aguaron.

Héctor sonrió triste. Apretó más la bolsa que le había entregado Xenia y se preparó para unas últimas palabras.

 Cuando sientas que todo está mal, recuerda que en algún lugar de Caracas, de Venezuela o del planeta, alguien confía en ti y cree que eres la mujer más maravillosa del mundo.

A Xenia se le escaparon dos lágrimas antes de despedirse con la voz entrecortada y con un movimiento rápido de su mano izquierda.

Hasta luego, mi amor. Le dijo Héctor mientras la puerta se cerraba frente a él. Esa fue la última vez que se lo dijo. Pudo notar, antes de que ella se perdiera detrás de la puerta, que estaba usando los mismos zapatos de la primera vez, los mismos botines negros.

XI

¿Qué pasó con ella, abuelo?
Se marchó, eso pasa. Hay personas que se aparecen en tu vida para darte lecciones, unas más breves que otras. Cuando se supone que debes haber aprendido, se marchan. Si se dan cuenta de que no estás aprendiendo, se marchan también.
¿Y la abuela?
Tu abuela apareció mucho después. Como tres años después.
¿Nunca has sentido como que la abuela es tu amor?
Sí, claro. Solo es otra clase. El abuelo se guardó su pañuelo. Me siento como en una rueda de prensa, carajo.
Disculpa. Solo se ha hecho interesante la conversación. César se alborotó el cabello con una mano.
Tranquilo, hijo. Ahorita estoy acá para ayudarte.
¿La volviste a ver, abuelo? ¿Qué pasó?
Sí, la volví a ver dos veces. Una vez en el metro, ella no me vio. Estaba lejos, del otro lado del andén. Otra vez la vi durante la presentación de mi primer libro hace 32 años. Ella estaba parada al final del salón. Me vio, la vi. No hablamos.
Eso es triste… Ojalá no me pase con Lauren.
¿Te rehúsas a dejarla ir?
Sí, mucho.
¿Le has dicho cómo te sientes?
No, llevo toda la tarde tratando de escribirlo. Miró por todo el suelo del ático, había decenas de hojas regadas.
Creo que sería mejor si vas  y se lo dices en persona. El abuelo aclaró su garganta. A lo mejor no es hora de que se marche.
 ¿Ahorita?
No hay mejor momento, hijo.
Pero estoy hecho un asco. César parecía preocupado.
Entonces date una ducha, vamos, no pongas excusas. Le reclamó al muchacho.
Es que me da miedo que ella no se sienta igual.
Si nunca hablas con ella, no lo vas a saber.
Sí… César se levantó con cuidado de no golpearse la cabeza con el techo. Tienes razón, no tiene sentido quedarme callado. Comenzó a caminar y se detuvo al llegar al agujero de salida. Pensó por un momento, bajó dos escalones y se detuvo de nuevo. Abuelo, ¿Cómo se llamaba?
¿Quién?
La chica.
Xenia, se llama Xenia.
Gracias por compartirlo conmigo, abuelo. César continuó bajando por la escalera hasta perderse de vista. Héctor, viejo y nostálgico, se quedó escuchando el final de la canción.

Well if you are sure / I know I’m sure.

Muchachos, siempre con miedo de decir lo que quieren decir. Suspiró cansado. Xenia amaba Twin Cabins… ¿Qué habrá pasado con ella? Se quedó hablando solo mientras moría la melodía.




jueves, 14 de abril de 2016

Un lunes más en mi vida

La mañana comenzó con el trepidante ritmo habitual de los lunes caraqueños: Sin agua y sin escuchar la alarma de mi celular. ¿Alguna vez se han preguntado cómo es que los teléfonos celulares se hicieron con el monopolio de los gadgets que nos facilitan la vida? Ahora ese virtuoso aparato maneja nuestra agenda, nos despierta por las mañana, saca nuestras cuentas, toma nuestras fotografías y hasta nos sirve de pendrive. No encuentro cómo alguien puede vivir sin un teléfono celular en estos días modernos. Salté desde el segundo piso de mi cama litera y corrí a la ducha, por suerte mi hermano seguía en el séptimo sueño, el flojo ese no me robó el baño. Mi mamá pegaba gritos desde la cocina, decía cosas como: ¡Pensé que no ibas a trabajar! ¿Me da tiempo de prepararte el desayuno? Si se apuraba sí.
La crisis del agua en Caracas nos tiene a todos hastiados, es decir, todo es culpa de “El Niño”, ¿De verdad será culpa de “El Niño? No sé, no creo. El agua del tobo estaba fría, me apuré con el jabón y el champú. De pronto surgió una sensación incómoda en mi abdomen, en otras palabras: Tenía ganas de ir al baño. Me sequé rápido y me senté en la poceta, me puse a pensar en lo raro que era tener ganas a esas horas de la mañana. Soy de las personas que no van al baño todos los días. La respuesta se dibujó delante de mis ojos: Comida mexicana con las chicas la noche anterior.
Yo no soy fanática de las comidas picantes o sobresazonadas, pero las chicas insistieron. Las chicas siempre insisten: Vamos, Phany. Siempre rompiendo el grupo, estos burritos están buenísimos. Cuando les pregunté si picaban solo se limitaron a responder con un lacónico: No. Sí estaba picante, por supuesto que lo estaba, de broma y lloro. Tienes los ojitos aguados, mi amor, comentó el idiota de Francisco. La verdad es que todavía no encuentro respuesta a qué desgracia astral propició que me empatara con ese pendejo. Toma, aquí está mi Coca-cola, así se te va a pasar el picor. No se me pasó, ni lo besé cuando me llevó a casa. Se quedó con las ganas de jugar en el asiento trasero.
¡Phany no recogiste agua para el tobo del baño! Mi mamá es tan inoportuna. Es decir, yo sufro en el baño, puedo pasarme hasta media hora pujando y nada. Con sus distracciones menos. Le respondí que ya no había agua cuando me levanté y ella insistió en tener una conversación al respecto. El cuento en versión corta: Me puse mis pantaletas, mis jeans, un sostén deportivo, una blusita bonita y salí del baño arrecha como Katrina cuando devastó la costa este de Estados Unidos en agosto de dos mil cinco. Agarré mi almuerzo, lo metí en mi bolso y abandoné la casa como un bólido. Todavía tenía ganas de ir al baño.
Una aguda puntada abdominal hacía que mi caminar fuese incómodo. Miré para todas partes, todo estaba cerrado en el Bulevar de Sabana Grande. ¿Alguna vez se han preguntado por qué no hay baños públicos en Caracas? Yo sí. Tengo varias teorías, la primera tiene que ver con el aseo, ¿Cómo sería el aseo de los baños? Seguramente estarían vueltos mierda. La segunda, ¿Cómo sería la vigilancia? Es decir, los hoteles están caros, a más de un ocioso se le ocurría meterse ahí a echar un polvito, o dos o tres. La tercera, a lo mejor no los utilizarían como cubículos sexuales, pero los drogadictos podrían invadirlos para intoxicarse en ellos. La cuarta, podrían volverse los hogares de los indigentes de zonas aledañas. En fin, los baños públicos no serían viables, los únicos que ganarían serían los buhoneros que de seguro venderían papel tualé, jabón y condones a sus alrededores. A lo mejor, algunos emprendedores venderían hasta sábanas; quién sabe.
Ya en el bus, se me escapó una risa traviesa y con ella vino de acompañante un gas, un peo silencioso. Eso me arruinó el momento. Iba pensando en cuando Gabriel, mi hermano, el flojo, me echaba broma en el colegio. Qué gallo es uno en el colegio. Ahí viene la estítica, le decía a mis amigas durante la hora del recreo. Yo le caía a coñazos. Eso era lo divertido. Mi mamá no hacía más que reírse en las reuniones con la directora, quien siempre le preguntaba: ¿Cómo se llevan estos dos en casa?
Mi hermano ha sido un fracaso total desde que llegó al mundo, pero no por eso he dejado de quererlo. Es un tipo carismático que aprendió a caminar como a los 4 años. Una de las razones que me han hecho querer dejarle caer un yunque en la cabeza desde mi cama, es que se ha cogido a todas mis amigas. Ustedes no pueden ni imaginarse lo que es despertarse a eso de las dos y media de la mañana porque una voz familiar te busca conversación desde la cama de abajo: ¿Estás despierta, marica? Mañana tenemos examen de historia. No tiene sentido, siempre tuve las amiguitas más putas del colegio, y ellas a su vez caían rendidas ante la ineptitud de mi hermanito. Oye, Gabriel, ¿Cuándo vas a dejar de cogerte  a mis amigas? Le pregunté una mañana cuando estaba en quinto año. Su respuesta cerró la breve conversación: Cuando dejen de ser tan puticas, ¿No me has visto bien? Soy un pendejo, ¿Es que acaso no se dan cuenta?
El bus quedó atrapado en una cola mañanera, yo no sé por qué, pero cuando uno está con los intestinos cargados, no puede dejar de moverse. En lo que el bus se detuvo, mis ganas aumentaron exponencialmente. Eso me puso a cuestionarme el tema del tráfico: ¿Por qué hay colas todas las malditas mañanas de la historia de Caracas? Yo no sé si los encargados de planificar el desarrollo de la ciudad hacen su trabajo o solo se roban los riales. Es verdad, todas las mañanas la cola me hace llegar tarde al trabajo. Ya sé que está la opción del metro, pero desde el incidente de la mañana del vestido, no lo he querido usar de nuevo.
El andén de la estación Plaza Venezuela se pone como la olla de un concierto de rock, imposible. Mal olor, sudor pegajoso, gritos estridentes, mentadas de madre y las sacudidas que se producen cuando los usuarios abandonan los trenes y se abren paso, a patadas y golpes, hasta las escaleras. Como esa estación me queda más cerca que la de Sabana Grande, es la que solía usar. Aquella fatídica mañana, se me ocurrió la magnífica idea de irme en vestido a la tienda. Yo trabajo en una tienda de ropa. Claro que esa idea no llegó a mi cabeza por sí sola, las chicas y el imbécil de Francisco la pusieron allí. Te debes ver linda en vestido, vamos a hacer un día de vestido, los martes serían perfectos, eso decía Martha. Por supuesto que a ella le gustan los vestidos, así el tarado de Gabriel tiene más fácil acceso a su área vaginal. Tres veces los he atrapado en las escaleras del edificio. El piso cinco debe ser su favorito. Yo no sé cómo mi hermano no ha preñado a alguna de mis queridísimas amigas. Vamos, Phany. No seas rompe grupo, Gaba apoyaba a Martha. Total que las tres chicas cantaron a coro: Martes de vestido, martes de vestido. La escena era surreal, parecían carajitas de tercer grado. ¿Van a ir con vestido los martes? Te tengo que ver los martes, me encanta cuando te pones vestido, mi amor. Francisco siempre ha sido un baboso. Como si yo no supiera la verdadera razón por la cual fantasea conmigo vestida así.
El motivo de la cola era el común: Chismosos en la vía. Un carro había chocado con una moto y todo el mundo quería ver el accidente, tomar fotos, grabar videos. A la gente así deberían quitarle sus teléfonos celulares. ¿Saben lo que es retrasar el tráfico para chismear? ¿Será que les divierte la desgracia ajena? No voy a mentir, en un día normal, eso no me hubiese molestado demasiado, pero aquella mañana estaba apurada, necesitaba el baño de la tienda. ¿Por qué esa carita tan tensa, mi vida? Sonríe. Me dijo un viejo baboso, me provocó responderle con un seco: Me estoy cagando. Dios, sí. Una dama no habla así, pero a ustedes no los voy a engañar. Yo no soy una dama.
Aquel martes de vestido mi mamá estaba feliz, no cabía en ella su estúpida feminidad: Te ves como toda una dama, Phany. ¡Qué linda! Bella estás. Ojalá te hubieses arreglado las manos. No me iba a arreglar las manos, no me alcanzaba la plata para pagar por la manicure y tampoco tenía ganas de llegar a la casa a las nueve de la noche a ponerme bonita para la sociedad. Una vez en la calle, caminé con pasos cortos por miedo a que el viento me fuera a jugar una pasada, tenía puesto un hilo, si se me levantaba el vestido iba a mostrar hasta el alma. El andén estuvo como siempre: Repleto. ¿Alguna vez se han preguntado de dónde sale tanta gente en las mañanas? Vamos a ser francos, millones de personas salen hasta de las alcantarillas todas las mañanas en Caracas. ¿Se imaginan si esta ciudad fuese más grande? No me imagino si Caracas fuese tan grande como Bogotá. Mientras pensaba en pendejadas y cuidaba que no me metieran mucha mano, llegó el tren. Fui sometida y arrastrada hasta el interior del vagón. Yo pensaba que era lo normal, en lo incómodo que era viajar en metro con vestido; no me esperé que un viejo sádico me presionara contra uno de los tubos verticales esos de donde uno se agarra para no caerse: Estás bella hoy, mami. El viejo tenía aliento a chuleta frita encebollada. Me apretó tanto que sentí como si el tubo se internara entre mis nalgas. Qué situación tan desagradable. Después en el túnel, una mano gorda se deslizaba subiendo por mis piernas y me tocó. Yo creo que por poco y me meto a lesbiana después del evento del vestido. Una parte de mí no va a poder volver a ver a los hombres de la misma manera. Estás tiernita, mi reina. Lo que más me molesta, es que no le metí un coñazo al sádico ese, me quedé paralizada como una pendeja. Al llegar a la tienda me metí en el baño. Me puse a llorar, estaba asqueada de todo, olía a sudor, estaba babeada. Ese fue el primer y el último martes de vestido. Lo juro.
La parada del bus está a una cuadra de la tienda. Trotar en sandalias es una pesadilla. Solo tenía un deseo: Que la estúpida de Martha hubiese llegado temprano para abrir la tienda, de otra manera me iba a hacer en los pantalones. Ella me lo debía, a fin de cuentas fue por su cumpleaños que salimos a comer comida mexicana. La mañana estaba empañada por la calima, una suerte de ceniza que se producía por los incendios de El Ávila típicos de la temporada de sequía. Mi alergia aparecía de nuevo. Por mi casa el tema de la calima no era tan fuerte como por el trabajo. Ahora tenía ganas de ir al baño y la nariz aguada. Me encantaría operarme de la rinitis. Tiene años volviéndome loca.
Cuando Phany estaba en el colegio le decía “la mocosa”, siempre la estaba jodiendo. Otro de los cuentos malsanos de Gabriel. Estábamos él, Martha, Francisco y yo tomando en la orilla de la piscina del club de Higuerote. Siempre me caía a coñazos, todo quería resolverlo a los golpes. Francisco se moría de la risa, después tuvo que participar en la conversación, no podía aguantarse: Todavía quiere resolverlo todo así. Es un idiota, mi novio tiene profundos problemas mentales. Ahora que lo dicen, Phany ha estado a punto de golpear a varias clientas. Claro que sí, la mayoría de nuestra clientela se compone por una cuerda de niñitas malcriadas que con sus estupideces vienen a joderme la paciencia. Si no he golpeado a nadie en la tienda, es porque Dios es grande. Pero eres bella, Phany. Ahí estaba Francisco de nuevo, pretendiendo solucionarlo todo con sus frases trilladas. Era de noche, el sereno se estaba haciendo más fuerte. Ahí viene, miren, esperen. Gabriel ya me conocía bien, él sabía cuándo me iba a dar un ataque alérgico incluso antes de que yo lo sintiera. Antes de los treinta debo operarme de la rinitis, es insoportable, irritante, obstinante. La odio.  Estuve moqueando toda la noche.
Martha y María ya estaban en la tienda para cuando llegué. Gaba, la más puntual de las tres, no estaba por ahí. Te ves horrible, Phany. Comentó Martha, ella es muy oportuna con sus comentarios. Es una estúpida. Sonreí con amargura y me interné en el depósito. Caminé rápido para colarme en el baño. Los retorcijones ya eran demasiado fuertes. ¿Alguna vez les ha pasado? Uno sabe cuándo puede y cuándo no puede aguantarse más. Comenzó a sonar mi teléfono celular. La curiosidad me ganó, revisé y resultó ser Gabriel: Hola, estítica. Me dejaste el tobo vacío justo hoy que tenía una reunión en la universidad. ¿De verdad? Gabriel es el ser más desacertado del mundo. Le colgué, no podía ni hablar. Llegué al baño, empujé la puerta… Estaba cerrada. Gaba lo estaba usando, pensé que me iba a morir.
En mi casa solamente hay un baño. Toda mi vida lo he compartido con mi mamá y Gabriel. La ley de Murphy existe en verdad, porque cuando no necesito el baño siempre lo encuentro libre, en cambio, cuando por única vez durante la semana, tengo ganas de ir, Gabriel se está afeitando los cuatro pelos que tiene por bigote o a mi mamá le da por jugar con su cabello. El tema del baño es delicado para mí. Una vez en casa de Francisco me dieron ganas de ir, estábamos empezando a salir, tenía muchísima pena, pero de pana no aguantaba más. Me decidí, revisé mi bolso y saqué una varita de incienso, una mujer precavida vale por dos. Corrí al baño de visitas y a qué no adivinan, estaba ocupado, a Francisco le dieron ganas de utilizar ese baño en ese preciso instante. Si mi vida dependiera de encontrar un baño disponible cuando lo necesito, ya estaría muerta. No hablemos del estado del cadáver, porque lo muertos no pueden aguantarse.
¿Alguna vez les ha pasado que están tan cerca del baño que sienten que ya se les va a salir todo? Así estaba yo el lunes por la mañana. Gaba se tardó como un siglo. A mí me pareció un siglo. Cuando salió, la acompañó un olor putrefacto que de broma y me desmaya, se sonrojó: Ay, amiga. Tenías razón, no debíamos comernos esos burritos picantes. El mío me cayó fatal. Se alejó a paso apurado. Del tiro hasta se me curó la nariz mocosa. Tomé una respiración profunda y me interné en el baño. La puntada abdominal disminuyó cuando tomé asiento en la poceta que, vale la pena decir, mi amiga dejó caliente. Por lo menos había agua. Qué mañana la del lunes. Qué desesperación la de necesitar un baño. Qué estrés el tráfico de Caracas. Qué ladilla es Gabriel. Qué baboso es Francisco. Qué pendejas son mis amigas. Qué sabroso, qué placentero es finalmente evacuar, voy a decirlo así, como si fuera una dama decente. 
          ¡Qué peste dejó Gaba en ese baño! Ojalá y nadie haya entrado en los próximos veinte minutos después de mí; eso es lo que falta, que digan que el otro día dejé el baño hediondo. 

A todos les ha pasado, ¿No? (Imagen de una desconocida graciosa).


L.F. Arias.

martes, 15 de marzo de 2016

La Furia


Contrólate. (Floyd - Galería de Arte Nacional 01/2016)


     <<¿Cómo te encuentras hoy, Edgar?>> La señora Miriam tiene una mirada bastante pesada. Sus malditos lentes de pasta gruesa no son capaces de contener la pesadez que irradia de sus ojos negros. Va despertando de a poco La Furia en mí. <<Bien>>. Ella toma nota. <<Es un gusto tenerte conmigo el día de hoy. Veo que te has rasurado el bigote>>. Sus labios gruesos están mal pintados, ya es habitual que su boca sea un desastre. <<Sí, fue una idea que se me metió en la cabeza>>. Ella toma nota de nuevo. <<¿Qué otra idea anda rondando por ahí? No nos hemos visto en semanas>>. Hoy tiene pelos que salen de sus fosas nasales, eso es nuevo. <<La de siempre>>. Ella por poco comienza a tomar nota de nuevo, no lo hace. Me está mirando. <<¿Cuál es esa?>>. <<Rosa Mary>>. Esa mirada siempre me pone nervioso. No me gusta estar con la señora Miriam.

     <<El Tiempo que te toma a ti, es el tiempo que me toma a mí>> Me dijo Rosa Mary con su voz en calma. Las sábanas estaban revueltas. Sus cabellos rizados lucían enmarañados. Los alrededores de su boca eran un juego de colores rojizos por la pintura de labios regada. <<Si pudieras verte la boca, pareces un payaso>> Me dijo antes de darme un beso veloz. Mi teléfono celular sonó. <<Disculpa>> Ella detestaba que contestara el teléfono después de hacer el amor. <<¿Qué más da?>> Se levantó de la cama. Se marchó molesta, supuse que había ido a la cocina a buscar un vaso de agua, habíamos sudado mucho, si yo tenía sed, ella también debía estar sedienta. Contesté la llamada sin prestar atención al nombre que se mostraba en la pantalla. <<Es hora de despertar…>>. Se trancaron mis pulmones, una fuerza sobrenatural los exprimía. Caí asfixiado sobre la cama. El sueño había llegado a su fin. 

     Las noches de insomnio eran recurrentes desde el accidente. Cuando el dormir llegaba, entonces había pesadillas. Edgar López fue encontrado más muerto que vivo dentro de lo que antes del choque era una camioneta Grand Cherokee 2000. El árbol que frenó a Edgar se mantuvo en pie. Los robles son difíciles de derribar. Los oficiales  y demás cuerpos de seguridad presentes en la terrible escena, especulaban acerca de los posibles motivos del accidente. <<El hombre ha de haber estado borracho ‘e bola>> Comentaba un gordo uniformado. <<No, ese hombre estaba sobrio>> Un sujeto elegante se fumaba un cigarrillo mientras compartía su opinión. <<Habrá tenido una emergencia, trató de ir más rápido de lo normal y se jodió. ¿Por qué siempre que alguien se vuelve mierda uno asume que estaba ebrio?>> Un joven paramédico se mostraba alterado. Los tres hombres se quedaron discutiendo, mientras el estropeado cuerpo de Edgar era trasladado al hospital más cercano.
    
     <<Todo el mundo pide deseos y se sienta a esperar… Todo el mundo malgasta su tiempo, Edgar. Ya estoy harta de esperar a que cambies, ya estoy hasta el cuello con tus pendejadas. ¿Acaso es tan difícil aceptar el hecho de no necesitas nada más para ser feliz?>> Rosa Mary estaba bastante molesta aquella tarde, creo que, de nuevo, estaba llevando las cosas demasiado lejos. Su paciencia ya no daba para más. <<Tú no me entiendes, Mary. Coño, ponte en mi lugar, no joda>>. La caída parecía definitiva, debía asegurarme de caer de cabeza para que el impacto terminara con el asunto para siempre. Un mal cálculo podía dejarme vivo y más jodido de lo que ya estaba. <<Si esto es lo que quieres, si ésta es tu manera de resolver las cosas, entonces hasta acá llego yo. Me rehúso a ser testigo de tu final. Me enferma ser espectadora de tu destrucción. Lo he hecho todo para apoyarte, Edgar. ¿Qué más quieres de mí?>>. No quería nada. El peso de mi cuerpo se trasladó a la parte izquierda, me sentí halado por la gravedad. La escuché gritar. El ruido se fue apagando. Sordo comprendí que el sueño había terminado.

     <<Te mereces algo mejor que yo, Rosa Mary. Eres un ángel>> Edgar caminaba de un lado al otro en la sala de estar de Rosa Mary. <<Vas a abrirle un hueco al piso – Mary lucía exhausta – Deja de caminar, por favor>> Lucía deprimida. <<Sabes que no puedo quedarme quieto cuando estoy nervioso>>. <<Lo sé…>> Las medicinas parecían no ser suficiente. Edgar estaba atravesando otro ataque de pánico. Se encontraba en una de esas temporadas del año en las que lo arropaba la frustración. El hombre estaba deprimido, otra vez. Ambos estaban perdidos de nuevo. <<Mi amor, no voy para ningún lado. Ya debes estar harta de mí. Soy un fracaso>>. Rosa Mary viró sus ojos en dirección del techo, parecía cada día más difícil amarlo. <<¿Qué quieres que haga, Edgar?>>. <<No sé, Rosy>>. <<¿Me voy?>> La sola mención de la pregunta hizo que Edgar dejara de caminar. <<Siempre te lo he dicho, el día que quieras partir, eres libre>>. <<¿Qué se supone que eso significa?>>. <<Que tu felicidad es lo más importante para mí>>. <<¿Y si tú eres mi felicidad?>>. Edgar no respondió, siguió caminando hasta el balcón y regresando hasta quedar al frente de Rosa Mary.

     <<Debes dejar que el pasado quede atrás, Edgar. ¿Qué ganas con traerlo de vuelta?>> Miriam, siempre Miriam. La odio. <<No gano nada>>. <<Algo debes ganar, mira, la vida es un negocio. Algo ganas y algo pierdes, estos recuerdos de Rosa Mary son recurrentes, eso me indica que alguna ganancia sacas. Bueno, puede ser que lo percibas como una ganancia, aunque no sea una>>. <<No gano nada>>. <<A veces no es fácil notar qué estás ganando>>. Todavía no acepto los sucesos del once de noviembre. Siempre intento engañar a Miriam, pero ella no me cree. Miriam es muy lista. <<Déjeme pensar qué es lo que podría estar ganando>>.

    
"Ya entra, vamos" Rosa Mary.
Todas las botellas que nos tomamos estaban regadas por el suelo de la habitación de aquel hotel barato. Las putas gemían en las habitaciones contiguas. Era excitante. <<¿Y bien?>> Rosa Mary se fumaba un cigarrillo. Era surreal. Ella estaba tendida sobre la cama. <<Todo está bien. Hoy todo está bien>>. <<Lo sé. Te amo cuando todo está bien>>. ¡No, no, no! ¡Por el culo no! Se escuchaba en una habitación vecina. <<Ojalá hubiésemos ido a otro lugar>> Le comenté, daba un par de sorbos a la última botella de whisky que nos quedaba. <<No importa el lugar mientras estemos tú y yo>>. Su cigarro se terminaba, casi se estaba fumando la cola. <<Solo me gustaría poder darte más>>. <<No comiences y ven a la cama>> Rosa Mary arrojó la colilla al suelo. Lejos de las sábanas. <<Voy>> Coloqué la botella sobre la mesa. La quinta erección dolía un poco. Estaba hinchado. Rosa Mary abrió las piernas para tentarme. <<El quinto siempre es más rico>> Dijo. Llegué al borde de la cama, gateé hasta que mi boca comenzó su camino en donde nacían sus muslos. <<Pásame la lengua, vamos>>. Así lo hice. Mi lengua recorrió su cuerpo sudado hasta llegar a su cuello. <<Eres mi diosa>>. <<Sí, solo tuya. Ya entra, vamos>>. Un sonido violento provino de la puerta, la habían derribado. <<Entra, vamos. Ya va a terminar>> Ella lo pedía ansiosa. Una sombra se acercó por detrás de mí, cuando estuve por entrar, sentí que me arrastraron por las piernas. <<No me dejes así, Edgar>> Me dijo molesta. Yo no podía hablar. No me podía mover. Ya cuando me arrastraban por el pasillo, una prostituta me habló. <<Fue algo precoz>> Dijo. El sueño terminó.

     El teléfono celular sonó, desesperado, Edgar lo buscó en uno de los bolsillos de su pantalón con una mano. Con la otra sostenía el volante de la camioneta. Era el tono predeterminado para Rosa Mary. <<¡Aló!>> Exclamó angustiado. <<No grites… Siempre gritas por teléfono>> Era ella, su voz inspiraba calma. <<Perdón>> Moderó el tono de su voz. <<¿De verdad te vas?>> Ella había estado llorando, era difícil percibirlo, pero él podía hacerlo. <<En eso quedamos, mi amor. Es lo mejor para ti. Amarme es muy difícil>>. <<Sí, estoy agotada. Te he llorado, te he sufrido. Edgar, ¿Por qué no puedes cambiar? Nada te basta…>>. <<Tú eres más de lo que merezco, tú me bastas…>>. <<Vuelve, vuelve por mí>>. En una maniobra arriesgada, la camioneta de Edgar se coleó y pasó de ir al norte, para ahora dirigirse al sur. Las marcas de los cauchos quedaron sobre el carretera. El ruido espantó a las lechuzas. El celular salió volando y golpeó el techo. <<¡Voy!>> Gritó. El celular aterrizó en el asiento trasero.

      Pensar no es algo que esté disfrutando en este preciso momento. Me enfurece tratar de responder preguntas que no se supone deba responder. No gano nada, más bien pierdo al quedar estancado en ella. El once de noviembre vive en mí. <<Entonces, Edgar, ¿Qué ganas trayendo al pasado de vuelta?>> Miriam insiste. La Furia está allí, su mirada la despierta, mis venas se infectan con la rabia del recuerdo. <<Me da compañía>> Digo al fin, lo único que siento. <<Claro… La soledad. No le temas a la soledad>>. <<No le temo, no le tengo miedo a nada, Miriam>>. <<Yo entiendo que no es fácil, sin embargo estamos haciendo un trabajo y te aseguro que volverás a estar bien>>. No le gusta que me dirija a ella así, odia que pronuncie su nombre. Pero la odio más a ella. <<¿Cuándo voy a estar bien? Ya me siento bien>>. <<Todo en su debido momento>> Dice ella mientras toma notas que no puedo leer.


"Lo que hice... Yo no sé. La Furia tomó el control" Edgar López.

     <<Entonces el acusado se declara inocente, eso es una locura>> El estado se rehusaba a creer la historia. El Doctor Gutiérrez daba su declaración <<...Todas las lesiones encontradas en el cuerpo de la víctima fueron hechas mientras ésta yacía sin vida...>> El buen Doctor Gutiérrez. <<¿Cómo puede saberlo?>>. <<Mi experiencia profesional así lo indica>>. <<¿Con qué fin el acusado podría haber hecho lo que hizo?>> El estado siempre buscando encontrar hasta lo que no deben encontrar, ahora interrogaban al Doctor Marcano. <<Mi paciente sucumbió ante un estado mental incontrolable, no era él mismo, podrían preguntarle, pero ni él podrá responderles>>. <<¿Por qué?>>. <<Porque les aseguro que no sabe qué fue exactamente lo que pasó aquella tarde>>. No importó de nada lo que Edgar dijera, ni su llanto honesto. Su condición, la locura a la que él llamaba "La Furia", lo condenó de por vida.

     La niña Rosa Mary jugaba a saltar la cuerda. Ella y sus amiguitas reían felices. Cinco árboles de cerezos rodeaban el patio. <<Cincuenta, cincuenta y uno. Cincuenta y dos>> Susanita era la encargada de contar. <<Miren quien llegó…>> Ramona, la negra Ramona, ella me odiaba. <<Cincuenta y cinco… - Rosa Mary tropezó - ¡Ay! Solo cincuenta y cinco, Rosita. Ese niño te empavó>> Susanita negaba con la cabeza. <<¿Qué haces aquí, Edgar?>> Ramona le entregó a Rosa Mary el extremo de la cuerda que sostenía. <<Vine a jugar>>. <<No vas a jugar>> Respondió altanera como siempre. <<Tú eres pavoso>> Comentaba Susanita. Rosa Mary caminó hacia mí. <<No te juntes con él Rosy>> Ramona daba sus órdenes habituales. La niña Rosa Mary tomó mi mano y caminamos lejos. Las hojas rosadas revoloteaban a nuestro alrededor. El aroma floral era placentero. Sus manos eran suaves. <<Algún día vamos a ser mejores amigos, Egui. No importa si para los demás eso no está bien>> Su voz era dulce. El viento arreció. Nos elevó de tal manera que ya no tocábamos el suelo. Nos soltamos de las manos. <<¿Algún día?>> Le pregunté. <<Es hora de despertar>>. Me dijo antes de ser arrastrada por el viento. La vi perderse a la distancia. El sueño terminó.

     <<Debemos dejarlo hasta acá, Edgar>> No parecía ser ella misma. Rosa Mary tenía la mirada perdida. <<¿Qué pasó?>>. <<Ya no puedo seguir, nada de lo que hago es suficiente. Duele amarte, me quema. Ya no puedo, Edgar>> Rosa Mary se fumaba un cigarrillo, ella nunca fumaba. No le gustaba fumar. <<Tu felicidad debe ser lo más importante para ti>>. <<Sí>>. <<¿Tu felicidad no era yo?>>. <<Sí, y allí estuvo el problema. ¿Cuántos años van ya?>>. <<Toda  una vida>>. <<Será mejor así entonces. Será el inicio de una nueva vida>> Rosa Mary tomó su bolso y abandonó el restaurante. <<¿Qué harás ahora?>> Edgar le preguntó al vacío que ella dejó. No hubo respuesta.

     La adolescencia fue la época más bonita. Rosa Mary floreció y pasó de ser la niña más bella del mundo a la mujer más bella del mundo. El campo estaba localizado en el horizonte, no había nada al norte, tampoco al oeste. Solo flores amarillas, girasoles enormes. No había brisa. La luz descendía del cielo provocando un efecto de calidez inigualable. <<Vamos, Egui. Ya quiero ver cómo estoy quedando>> Sostenía un pincel, estaba pintando su retrato. <<Bella, hermosa. Estás quedando de la única manera que puedes quedar>>. Contaba con la infinidad de colores requeridos para darle a ella el más bonito de todos los cuadros. <<Se acaba el tiempo, Egui>>. Se nubló el cielo. <<No, no se acaba, es solo que nunca es suficiente>> Continuaba inspirado. <<Se acaba el tiempo>> Ella comenzó a desaparecer. Su retrato se convertía en algo similar a un conjunto de líneas abstractas.  <<Se acabó>>. Sus labios fueron lo último que vi, sobre el lienzo se transformaron en dos líneas curvas rojas, que poco a poco se volvieron dos rectas paralelas. El sueño terminó.

     <<Tú sabes que no estoy bien, Edgar. Coño no eres el único con peos>> Rosa Mary y Edgar caminaban por el parque. Acababan de visitar al Doctor Marcano. <<Siempre que tomemos las píldoras todo estará en orden, mi amor>>. <<¿Por cuánto tiempo, Edgar? Siempre es lo mismo, caes en un hueco tres veces por año desde hace años. Así no puedo. Yo también estoy mal>>. Edgar le apretó la mano. <<Siempre que estemos juntos vamos a estar bien>>. <<Te amo>> Le respondió Rosa Mary.

"...Se suponía que no debería estar acá. Yo debería estar muerto" Edgar.
      Estoy cansado de esperar por mi momento. Siempre es mi momento y Miriam no lo entiende. Si yo sobreviví al once de noviembre, a dos onces de noviembre… A cuatro onces de noviembre. No merezco estar acá, se suponía que no debería estar acá. Yo debería estar muerto. <<¿En qué estás pensando>>. <<En nada>>. <<Vamos, Edgar. Tenemos confianza, estoy aquí para ayudarte>> Ella me mira con rabia. Se me tensan los músculos. No quiero estar acá. <<No quiero estar aquí, Miriam>>. Ella me mira con desprecio, la he vuelto a llamar por su nombre. <<¿Quieres volver a tu habitación?>>. <<¿A mi celda?>>. <<No es una celda, Edgar>>. <<Es una jaula de paredes acolchadas, Miriam>> Siento La Furia en mi transpiración. Voy a explotar.

      La sangre estaba sobre sus ropas, pintaba también su rostro por la constante acción de pasarse las manos por él. La angustia le mantenía el pie derecho fijo sobre el acelerador. La velocidad aumentaba, la agujita anaranjada vibraba rozando por momentos el tope. Chillaba la camioneta. Las lágrimas de Edgar se fusionaban con la sangre que pintaba su cara. El llanto desconsolado y los gritos de locura se escuchaban por toda la solitaria carretera. <<¡No te vayas hasta que mis ojos dejen de mirarte!>> Era La Furia. Controlar la camioneta era muy difícil. Edgar no se esperaba esa curva cerrada. <<¡No te vayas Rosa Mary!>>. Giró el volante sin miedo. La curva la dio bien, eso creyó hasta que se salió del camino y se estrelló de frente contra un roble. Las luces lo marearon hasta que una temible oscuridad le abrazó los pensamientos. Edgar se sintió muerto.

     <<El día llegará, Edgar. Será el día más bonito de tu vida, mi amor>> Rosa Mary y yo estábamos sentados en una rama muy alta. Era un robusto árbol de mango. <<¿Cuál día?>> Yo la miraba con ojos de amor, su cabello enmarañado se movía poco a pesar de la fuerte brisa. <<El día en el que todo termine>>. <<Yo no quiero que termine>>. <<Pues, el día llegó>> Rosa Mary saltó. <<¡Rosa!>> Quise saltar, pero no pude acompañarla, mis nalgas estaban adheridas al árbol. Miles de risas me atormentaron. <<¡Rosa!>>. Sentí que no la volvería a ver. Entonces el sueño terminó.

     <<¿Qué día es hoy, Miriam?>> Me cuesta respirar, el pánico me tiene de presa otra vez. <<Eso no es relevante, Edgar. Vamos a relajarnos juntos. ¿Quieres?>>. <<No>>. <<Cierra los ojos, vamos a estar bien>> Miriam ya no me va a poder controlar, yo no me voy a poder controlar. Cuando La Furia me apresa yo muero y vuelvo a nacer. <<No>>. <<Deja que las respiraciones profundas te regeneren, inhala por la nariz, llena esos pulmones>>. <<Te he dicho que no>>. <<Exhala por la nariz, fuerte>>. <<¿Qué día es hoy? Huele a ella>>. Miriam toma nota rápidamente. Tiene miedo, el diámetro de sus pupilas es más grande del habitual. Le tiemblan sus arrugadas facciones. <<Bueno, Edgar. Yo creo que volveremos a vernos pronto>> Se despide. <<No te vayas sin decirme qué día es hoy. Puedo olerla>>. Ella se levanta de su silla, tira su libreta y su bolígrafo en su bolso. Se le ve aterrada. <<¡Alberto! ¡Por favor abre la puerta!>> Ya está pidiendo apoyo. <<No te vayas hasta que mis ojos hayan dejado de mirarte, Miriam>> Me mira fijamente, toda su prepotencia la ha abandonado. Ahora La Furia está en mí como aquella tarde noche en la que morí. <<¡Alberto! ¡Abre, Alberto!>>. <<No te vayas>> Me levanto. La asecho. Odio a Miriam. Odio este maldito lugar. Odio estar vivo. <<¡Alberto!>> La puerta se abre, ingresa Alberto acompañado de Julián, el maldito Julián. <<Feliz once de noviembre, Loco>> Me saluda. Reviento. Veo  la vara eléctrica acercarse, ya no veo nada. El piso de concreto amortigua mi caída. <<Feliz once de noviembre>> Los escucho reírse. Ya no estoy consciente.

     <<¡Llegué, Rosa Mary! ¡Abre la puerta!>> Edgar gritaba desesperado desde el pasillo. Se escuchaba un leve sonido de guitarra, Rosa debía haber puesto de nuevo el CD de guitarra instrumental a reproducir. No era bueno. Nunca era bueno que ella escuchara ese CD. <<¡Rosa Mary!>> Edgar entró en desesperación, se tensaron los músculos de sus brazos. Se brotaron las venas que recorrían su cuello. La Furia se hacía más fuerte. Dio dos patadas a la puerta y ésta se abrió de golpe. Rosa Mary estaba tendida sobre el suelo de la sala. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa de despedida. <<¡No, Rosa! ¡No!>> Edgar corrió en dirección del cuerpo. Rosa abrió los ojos. <<Viniste…>> Casi no se le escuchaba la voz. <<Sí, claro que vine. ¿Qué hiciste?>> Edgar se arrodilló a un lado del cuerpo. <<Nada, disfrutando del día más bonito. Lo poco que brilla, brilla con intensidad>> Un frasco vacío rodeado de píldoras estaba tirado a poco más de dos metros de ella. <<¿Qué?>>. <<No te vayas hasta que mis ojos dejen de mirarte, Egui>> Rosa Mary había sucumbido ante la depresión. <<Rosita, no… ¿Qué te hice?>>. <<Nada, mi amor. Tu problema es contigo mismo y mi problema es conmigo misma. Hoy termina>> Ya había ocurrido antes que Rosa Mary intentara el suicidio, había fallado dos veces. <<Vamos al médico>> Edgar intentó levantarla, lo consiguió. Sin embargo, los ojos de Rosa Mary habían dejado de mirarlo. <<No te vayas, Rosa Mary. No te vayas. No te vayas>> Se había ido. La Furia se soltó. Fue la primera vez que la sintió tomar el control por completo. Fue como si una sombra oscura inundara su corazón. Como si exprimieran sus pulmones. Como si ya no fuera él mismo mismo. Una voz gruesa le hablaba dentro de su cabeza. Tomó un lapicero que encontró en la mesa de la sala y apuñaló el cuerpo de Rosa Mary. La sangre salpicó por todo el lugar, abrió diecisiete huecos en su abdomen y seis más haciendo un camino de agujeros que concluyeron con la puñalada veintitrés que asestó en el cuello de su amada. Se escuchaba gemir de dolor a Edgar. Se le escuchaba maldecir. Se levantó cuando La Furia se lo permitió. Sus ropas estaban manchadas, se palpó el rostro. Miró el enorme calendario colocado sobre la mesa del computador, era once de noviembre. Salió corriendo en busca de su camioneta. De a poco venían todos los recuerdos, todos los tormentos. Volvía a ser él mismo, y se perdía otra vez. Como pudo arrancó tratando de huir de la escena.

     He despertado en mi prisión. La jaula acolchada que me retiene en contra de mi voluntad.  La Furia ya no está, se ha ido, así como se fue Rosa Mary. ¿En dónde está, Rosa Mary? Ya no está aquí. Ya no estoy aquí. ¿Quién soy? Creo que no soy nada desde que se marchó sin mí. Nada tiene sentido. Me trajeron de vuelta desde el fin de mi mundo, allí es donde debía permanecer. Sigo sobreviviendo a cada nuevo once de noviembre. Seguiré sobreviviendo hasta que los días terminen y las noches me bañen en una oscuridad perpetua. La misma oscuridad de la que me trajeron de vuelta tras el accidente. Siendo honesto, yo no quería volver. 



L.F. Arias.