Surf en SD

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La vida está en el camino.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Chuli

Chuli es una palabra que nos describía,
era tu sobrenombre,
también era el mío,
fue una expresión que nos unió como uno solo.

Chuli era más que cinco letras
unidas a la fuerza.
Era celebrar tu presencia,
invocarte para que iluminaras la habitación
con tu luz.

Chuli era un sueño que se hacía realidad,
un sinónimo de ti.
Era tu voz aclamando mi atención
cuando caía rendido y distraído.

Yo era tu Chuli,
así como tú eras la mía.

Chuli era exclamarte cuando te quería cerca,
una manera de decir tu nombre sin decirlo,
porque sé que siempre aborreciste
que lo usara si no estábamos molestos.

Chuli nació como un chiste,
una expresión feliz con la cual llamarme.
Tú la inventaste, yo la adopté.

Chuli es una palabra que todavía
escucho pronunciar en
algunos rincones de mi memoria.
La uso cuando hablo con tu fantasma
en mis ratos de locura.

Te has marchado, Chuli.
Y has dejado un recipiente lleno,
repleto de emociones que se mueren 
por correr libremente.

Me has enseñado que la vida
sí estaba a nuestro alrededor,
que es enorme y hermosa.
Siempre supe que eras brillante, Chuli.

Chuli fui yo en tus cartas de amor,
y fuiste tú en las que te escribí.
Chuli vas a ser por siempre,
te guste o no.
Es un apodo que se arraigó en tu piel,
y no podrás sacarlo de allí,
así como yo no puedo sacarlo de la mía.

"¿Es en serio, Chuli?"
Pregunté mientras me quebraba.
"¡Chuli, no!"
Exclamé después de romperme.

Ya no habrán más chuladas.
Se terminaron las jugadas.
Dijiste adiós a experiencias pasadas.
¿Qué pasará ahora con las partidas empatadas?

Para siempre se quedarán incompletas si no estás.

Hasta mañana, Chuli.
Porque "mañana" es siempre el día
que le sigue al "hoy" de turno.
Espero que "mañana" sea mejor para los dos.

Nos hicimos mejores personas.



domingo, 29 de noviembre de 2015

Autodestrucción

La tinta le rebosaba las manos; caía a chorros. Los charcos fueron creciendo a sus pies, todo comenzó a mancharse. Las paredes se ensuciaron. Estaba otra vez mirando fijamente el desastre; siempre me quedo atento a lo que está por pasar. ¿Qué se supone que deba pasar para impulsar mi próximo movimiento? ¿La muerte? El accidente que arde y enciende la situación hasta verla hecha cenizas. Estoy detenido esperando la explosión.

La figura desgarbada tenía dos ojos de diámetro anormal, similares al de sus fosas nasales; inspiraba paz. Verla desangrarse me estimuló. Sentí placer con su sangre; verla inundando la habitación. La mirada era hueca, lo fue hasta apagarse. La mujer-hombre fue consumiéndose en un proceso de autodestrucción. Pronto fueron dos figuras las que cayeron sobre el mar rojo.

Algunas velas estaban colocadas en las esquinas de la habitación, con ese brillo tenue se apreciaban sombras arrastrándose, intentaban nadar sin conseguirlo. La más pequeña gemía, la más grande replicaba con gruñidos. La fusión había terminado por fin. Estaban muriendo desde mucho antes de que llegara la velada definitiva. Morir  ahogados era encontrar finalmente su libertad, y así se alejaron una de la otra.

El vacío en mi pecho se hizo cada vez más grande. Un llanto silencioso surgió cuando la dulce melodía de su voz resonó en lo profundo de mi memoria. Las figuras brillaron al ritmo que el fuego de las velas se extinguió. Viví el momento con intensidad. ¿Alguna vez han visto a la muerte? Ella llega y se lleva algo para siempre, al cruzar la puerta no hay vuelta atrás. El vacío me consumía y quedé postrado frente a un espejo que descendió del techo. Brotaba tinta roja de mis manos.

Imágenes de una mujer gruesa sonriendo surcaron el horizonte imaginario que se encontraba del otro lado del espejo. La desnudez comenzó a erizar la piel de mis brazos y de mis muslos. La fuerza de una erección sublime me dejó saber que todo era real. Mi pasado estaba de vuelta y el presente ya no me pertenecía. La excitación del momento me hizo olvidar el posible futuro, un futuro inexistente para ese entonces.

Todo se humedeció. Una voz femenina decía incoherencias a mis oídos. Dos voces femeninas. Tres voces femeninas, e incluso, una cuarta. Cerré los ojos y me olvidé del desangramiento. Viví la guerra como si fuese algo normal. Marché a paso decidido rumbo al final. Ocho tibios muslos suaves me envolvieron. Cuatro bocas me besaron abriéndose camino hacia mi pubis y con sus cuatro lenguas se divirtieron en un acto de promiscua felación. Me perdí.

Pensaba en un ángel hasta que el pensamiento se materializó. Ella estuvo asqueada por la situación. Pronto ya no la pude ver porque mis ojos se hundieron y las cuencas quedaron convertidas en enormes agujeros negros. Mis respiraciones disminuyeron, una sola inhalación me dejaba satisfecho por múltiples minutos. Ese era el ángel de la muerte; me gusta pensarla así. Un gemido de dolor ascendió desde mi estómago y explotó quebrando mi esternón en dos.

Me sentí increíblemente débil,  como si hubiese perdido la mitad de mi ser. Me sentí pequeño. Me sentí incompleto. Me fui disminuyendo al ritmo de las trompetas funerarias. Gruñí como un cerdo que se sabe víctima de un granjero hambriento. Los gemidos de otra figura hacían fondo a mis exclamaciones guturales. La tinta roja olía a excrementos. Mi corazón ya no estaba ahí. Mi cerebro jugaba con recuerdos. Millones de imágenes que tenían un movimiento repetitivo daban vueltas por mi cabeza. Senos enormes con pronunciados pezones eran agitados delante de mí. Mi erección provocaba una fuerte vibración, que siguió a la contracción de mis testículos adoloridos. Solo sangre. No había más nada que yo pudiese ofrecer.

El ángel se tornó hombre y se mantuvo al margen de la situación. Adoptó la postura de espectador. Quise pedirle que terminara con todo. No pude hablar. El proceso de autodestrucción fue lento.

Pasaron lo que para mí fueron interminables horas.

La figura que gemía se quedó en silencio. Ya no se escuchaba el chapoteo de su torpe arrastrar al otro lado de la habitación. Una parte de mi murió. Por mi imaginación vi su rostro. Escuché su frialdad. Lo difícil de verla caminar ignorando mi presencia. Era ella. No sabía que vivía dentro de mí; solo lo sospechaba. Tampoco supe prestar atención a los detalles. Y así el recuerdo de sonrisas y charlas interminables se quemó. El León se había rendido.

Las velas se apagaron. Sentí el calor del fuego quemar mis entrañas y aluciné con un parto. La autodestrucción era una ventana que se abría con lentitud misteriosa.

Exploté. Los dos lo hicimos.

Ambos estábamos del otro lado.

Ahora éramos personas distintas que acababan de abandonar una pequeña habitación de paredes sucias.

El proceso de autodestrucción no fue en vano.


Es un ciclo perpetuo de crecimiento. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Vuela Libre

Ella se desprendió sin avisar, como un ave que levanta un vuelo súbitamente para huir libre. Sus alas estuvieron dobladas por muchos años; era de esperarse. Siendo un captor bondadoso pretendí alimentarla y complacerla. Esperaba tan solo que un día le brillaran sus ojitos cafés al mirarme por la mañana, y que cuando estuviese lista, prefiriese no volar para quedarse conmigo. Sin embargo, la vida no es así. La vida es un juego de saludos y de despedidas.

Fue un placer verla crecer. Un gusto que ya más nadie podrá tener. También disfruté a su lado cada instante de magia al descubrir que poco a poco nos convertíamos en una misma persona; una fusión de colores que nos hacía reír, cantar y bailar; danza imaginaria, ya que tengo dos pies izquierdos. Fue un gusto acariciar sus cabellos, durante las extenuantes madrugadas calurosas, y besarle la frente; mi lugar favorito.

Me recuerdo envolviéndola entre mis brazos cuando los extensos días se prolongaban más de lo habitual. Ella esperaba ansiosa por mi tacto, hasta que un día algo se rompió.

“¿En dónde quedó el amor?” Es una pregunta que me hago a cada instante. La respuesta yace en mi interior: El amor, al igual que el petróleo, es un recurso no renovable. Se agota de pronto y ya no es posible volverlo a encontrar. Por lo menos no en la misma persona. El amor es una ilusión que traspasa los límites de su misma esencia para volverse tangible. El amor es gozo, y como todo lo bueno en esta vida se agota. Por lo tanto, el amor no se quedó en ningún lado, simplemente se evaporó.

No conviene quedarse pensando en lo que pudo haber pasado por demasiado tiempo. Si ella ahora vuela alto en el cielo, es porque su sueño era volar. Si ella ahora es feliz, entonces yo también lo soy, porque eso era lo que yo más quería en el mundo: verla feliz.

Todavía sueño despierto con su sonrisa, con sus enormes dientes incisivos centrales superiores. Sentía como mis pupilas los reflejaban cada vez que la hacía reír. Todavía me desvelo pensando en su caminar, ágil cuando estaba molesta y torpe cuando se embriagaba de paz. Todavía me acuerdo de las marcas de  su piel, esas que daban la ilusión de que su cuerpo era un mundo, con continentes inexplorados y que yo era un explorador en busca del lugar más feliz sobre el cual posar mi cabeza.

Ella ha volado lejos; lo acepto y lo entiendo. Aun así no quiero que me malinterpreten, todavía siento un profundo cariño por ella. Me arriesgo a decir que la amo; a lo mejor no como a la mujer que sería mi esposa en un par de años, sino como a una mujer a la que tuve la fortuna de conocer mientras todavía exhalaba inocencia. Han pasado los años y aun la veo así: Inocente y pura.

Podrán pasar mil mujeres con un millón de historias por mi cama, a lo mejor sentiré caricias que encierren toneladas de deseo, y es posible que algunos ojos multicolores escruten mi mirada perdida cuando dejo salir a la bestia que vive en mi mente. Pero ninguna va a ser igual a ella, porque cada persona es única a su manera. Porque su historia se escribió junto a la mía por más tiempo del que nuestro entorno pensó y por menos tiempo del que yo pensaba. Para mí ya no había calendario que importara, porque los días junto a ella eran infinitos, del sol a la luna y de nuevo al sol como un único día. Un día con veinte mil setenta y cinco amaneceres y atardeceres.

Ella despegó del suelo una tarde y no volvió sino hasta que había pasado un mes. Se posó en un árbol y silbó. Cantó su despida con una tonada triste, y no lo podía creer. La niña, ahora mujer, estaba lista para seguir adelante sin mí. Un beso de despedida. Recuerdos que para siempre arrullarán mis pensamientos. Así ella voló de nuevo, esta vez sin mirar atrás. Yo la vi perderse en un mar de nubes grises y  no la he vuelto a ver más. Como me gustaría saber si ahora es feliz. Si de verdad ahora vuela libre.


Si alguna vez pierdes las alas, recuerda que tienes un hermoso caminar.

L.F. Arias

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Compleción

La vida está compuesta por dos cosas fundamentales:
Tiempo y experiencias.
Las segundas aparecen siguiendo un libreto,
ocupando nuestro tiempo y llenando nuestra memoria.

Llega el momento de actuar,
y nos acobardamos.
La vida no se detiene,
por lo que después caemos arrepentidos.

Yo deseo irme esta noche a la cama con un recuerdo,
el de tu torso desnudo y el sabor a miel de tus labios.
Porque así me lo imagino,
dulce como el triunfo.

Deseo cerrar mis ojos oscuros
para recordarte sonrojada,
sentir a gusto la textura sedosa de tu cabello
sobre mi pecho expuesto
cuando de un movimiento a otro
me entregues la ilusión de la compleción.


Compleción
Quiero contemplarte entera,
dejar los complejos a un lado
para, tal cual aventurero,
explorar un cuerpo que me ha sido ajeno
durante todo este largo tiempo.

Me voy a deleitar con el aroma de tu piel,
con tus tímidos gemidos
y el tacto de tus pies
al rozar mis batatas.

Ya no quiero dejar pasar una nueva oportunidad,
ha sido suficiente cobardía,
y por ella ahora me encuentro acá,
posiblemente demasiado tarde.

No voy a mentirte,
deseo cavar profundo en nuestra amistad,
que las barreras sociales se caigan,
para encontrarte como realmente eres.

Deseo la experiencia de tu calor,
la de tu mirada clavada en mi boca.
Tu cuerpo sudando sin pudor,
deseo ser merecedor de tal placer.

Anhelo tu confianza.
Entregarme a la vez que tú lo haces.
Olvidar el tabú que viene adherido a la amistad,
la intimidad no romperá el hilo que nos une.

Hoy quiero actuar,
quiero llevarme tu recuerdo a la cama.
Quiero recordarte para toda la vida
sin barreras, sin excusas.
Solo tú y yo entrelazados
sin pensar en otra cosa más que
en lo que habíamos dejado pasar.

La vida es tiempo y experiencias,
deseos que llenan la memoria
y tentaciones que prometen satisfacción.

La vida eres tú, también la vida soy yo.
No la dejemos incompleta.

lunes, 26 de octubre de 2015

¿Todavía soñarás conmigo?

A veces llega el momento de decir adiós. Un adiós rotundo, no un acostumbrado “hasta luego”. Es natural encontrarnos siempre con una despedida que no deseamos, porque nada parece ser eterno y el anhelado “para siempre” resulta ser una ilusión que, tal cual una amputación, duele cuando te cortan y se agudiza cada vez que apreciamos el vacío en donde eso que estaba ya no estará más.

En ocasiones, no alcanza el tiempo para demostrar lo que sentimos. Las noches se hacen cortas y los días se extinguen como un fuego naciente, uno que prematuramente desaparece a la vista. Es algo normal el silencio, cuando nuestra lengua solo se mueve mientras nuestros labios están sellados, no salen las palabras y nuestros pechos se convierten de pronto en cajas fuertes; en bombas de tiempo que algún  día estallarán en llanto nostálgico mientras vemos partir el tren desde lados opuestos de la ventana.


Ha ocurrido que los ojos no ven aun estando abiertos. Las siluetas danzan en el exterior, pero no hay rostros ni sonrisas. No queremos ver, para poder dudar de las situaciones. La duda nos da el margen de error que necesitamos para morir en la agonía de un suspiro, y morir nos gusta. Morir es un placer hasta que la flor se marchita y la belleza de sus pétalos desaparece.


A veces nos ahogamos en un mar de infelicidad. Nunca nos enseñan a nadar. Nunca nadie cree en la inundación sino hasta que se encuentra sepultado bajo el agua. Las emociones se desbordan y el amor se transforma en rencor y éste en cariño, la luz pasa a ser oscuridad y después nos ilumina la comprensión. Todo lo bueno se vuelve malo y después se transforma en algo más. Todo en nuestro mundo está propenso a derrumbarse, pero no significa que no podamos volver a levantarlo cuando pase el temblor.

Alguna que otra vez hablamos de finales felices, ¿Cómo podemos hablar de finales así? Lo bueno nunca debería terminar, lo bueno debería durar por siempre, ¿Por siempre? Eso es una ilusión. Esa es la raíz del problema, sabemos que el partido dura noventa minutos, pero siempre queremos llegar hasta los penaltis, jugamos al empate, al cero a cero. Yo nunca he visto un final feliz después de una definición por penaltis. Yo nunca he sido feliz con algo que se termina, porque si era capaz de transmitir felicidad, si se sentía bien, entonces nunca debió terminar. 

Siempre alguien sufre. Es la crueldad que mueve al mundo, son las cuatro ruedas del carrito que nos transporta del nacimiento a la muerte. Los caminos se tuercen para mí. El destino ya no está a la vista y de nuevo comprendo la cruda realidad: “A veces deja de ser a veces y siempre deja de ser siempre, cuando las líneas del tiempo se cruzan y tú y yo nos quedamos atrapados en medio del colapso de nuestras creencias”.

Continuamente espero la sentencia con los ojos cerrados y los oídos atentos. Sentir como el filo del hacha corta el viento que transita por el espacio que separa al arma del verdugo de mi cuello me genera una poderosa excitación. Me genera un miedo que carcome mis entrañas. Me quedo esperando por ti, sabiendo que tú ya has estado esperando por mí. Estamos en el mismo sitio, pero ya no nos vemos. Es así como sé que la brisa en el andén ha aumentado porque el tren se acerca. Es así como tu sonrisa lejana se pierde entre la multitud y el “por siempre” se apaga.



Por momentos no me encuentro ni yo mismo, para luego reencontrarme viendo como meneas la mano derecha desde el otro lado de la ventana mientras el tren se aleja. Sueño con un mundo sin despedidas. Sueño despierto con conciliar el sueño y que en ese sueño aparezcas tú y el “por siempre” vuelva a encenderse para siempre.

Sucede seguido que sueño contigo. Sueño conque cogemos nuestras maletas y marchamos hacía el horizonte juntos. Sueño con una vida en la que el final nos agarrará viejos y satisfechos. Sueño contigo vistiendo trajes de baño enteros y sombreros anchos que cubran la delicada piel de tu rostro del sol caribeño. Sueño conmigo soñando contigo y que tú sueñas conmigo. Te sueño despierto. Anhelo tus labios y de pronto me sorprendo temiendo que algún de ellos escuche un “adiós”. 



De nuevo me descubro con miedo.

Pasan muchas cosas, pero ninguna es rutinaria, salvo el hecho de que siempre eres protagonista en las diferentes películas que mi viciosa menta crea, produce y dirige para mi entretenimiento.

Ven conmigo y olvidemos mis letras, mis palabras, mis miedos y mis sinsentidos. Acompáñame en la tarea de borrar todo esto que he expresado y dame inspiración para iniciar un nuevo párrafo feliz. Porque si bien tú no dependes de mí y yo no dependo de ti, eres la chispa que me enciende y la somnolencia capaz de hacer que en un abrir y cerrar de ojos, el conductor del tren que se desplaza lejos del andén en el que te despides de mí se duerma y mi viaje termine con repetidos giros trágicos y una explosión. Y Cuando las historias terminan con fuego, después de un tiempo solo quedan cenizas para recordar lo que fue.

El andén se ha quedado atrás. Parece que hemos perdido. Se apagan las luces. Todo termina y las palabras que te dije se las ha llevado el viento. Podríamos dar por hecho que la belleza del “por siempre” se marchitó. Podríamos darlo por hecho porque tú has decidido quedarte allá y yo he decidido estar acá. Porque mientras uno de los dos vuela, el otro quiere caminar. Porque el agua nos llega hasta el cuello y mientras uno nada al norte, el otro nada al sur. Pero no lo quiero dar por hecho.

Soñaré con tu recuerdo hasta la próxima estación, y si todavía sigo vivo, haré lo mismo hasta que las estaciones terminen y el tren de vuelta en la dirección en la cual meneabas tu mano a manera de despedida. Porque me rehúso a aceptarte lejos, puedo decir en conclusión que a veces no creo en las despedidas. Solo una incógnita queda en el aire, una variable "Y", un hilo suelto que muta en una simple interrogación: “¿Todavía soñarás conmigo?”. Me gusta pensar que a veces lo haces. 



lunes, 6 de abril de 2015

Estoy Aquí

     La frustración ha llegado metida en una caja forrada en papel de regalo; papel estampado con sonrisas hipócritas, globos y gorritos rojos y amarillos. El obsequio inesperado del fracaso. La ilusión de una victoria vacía, derrota moral conseguida con arañazos y gritos ásperos a los cuatro vientos. La música me embriaga lentamente, todo se transforma en oscuridad porque las luces que permanecen encendidas  están viciadas… porque ya correr no tiene sentido. Caminar es lo único que me queda.
     "El fracaso es un estado de ánimo" dicen quienes desean nuestro bienestar emocional, afirman que no existe y niegan que alguna vez lo hayan sentido. El agua les llega hasta el cuello. Un rinoceronte blanco inicia una estampida en sus salas de estar y el ruido les interrumpe el audio de sus comedias televisivas favoritas. Suben el volumen al máximo. Ellos escuchan solo lo que quieren escuchar y pretenden enseñarnos “la manera”, más bien “su manera” de entender una vida llena de trampas diseñadas por los titiriteros de la élite social.
     El descontento de sentirme el ganador con derecho de algo que me merezco, pero por supuesto, si es que no me han enseñado nunca a ganar; es por eso que corro al lado de los perdedores para darles palmadas en sus espaldas y hacerlos sentir mejor. He estado allí tantas veces que ya comienzo a creerme la realidad de que muy posiblemente las victorias no llegarán muy a menudo. Es una paradoja eterna, sí… la de ganar y aun sentirme como si mereciera haber perdido.
     La derrota es para mí el regocijo cobarde que inunda mi corazón todas las noches antes de caer inconsciente. La cobija es demasiado corta para protegerme de las debilidades de mi mente, el frío se mete por las plantas de mis pies y termina haciendo corto circuito con mis ideas confusas. Sueño con espejos reflejando mis ojos oscuros. Sueño muy poco, pero cuando lo hago crujen mis muelan, rechino mis dientes por el estrés. Sufriré un colapso antes de que alguien pueda evitarlo. Sufriré al partir antes de que alguien lo note porque soy silencioso al abandonar las habitaciones.
     El baile llega a mí cuando están por quebrarse mis rodillas. Nadie está cerca para evitar la estruendosa caída, pues todos están allí para verme chocar la nariz contra el suelo de concreto. El baile llega al ritmo de la percusión, tiemblo en el aire porque estoy saltando. Salto cada vez más alto mientras pienso en las mujeres que creí  haber amado; y en las que no. Sacudo mi cabeza cobardemente cuando me descubro a mí mismo con miedo a admitirlo, con temor a gritarlo. Caigo y de nuevo estoy solo.
     La música ruge, el público clama por mi intervención. Es habitual, es habitual que sea el hablador de la fiesta. Es recurrente… sonreír, coquetear, beber y perder los estribos. El bajo me hace sentir el sismo debajo de mis pies descalzos, sigo en cama… ¿en cuál cama? Son ya las 3:00 a.m. y la guitarra anuncia una entrada. Soy yo. Es ella. Es su silueta desplazándose lentamente hacia mí. Es mi lengua hinchándose por la excitación. ¿Estoy en el cielo? No.
     El engaño es la ilusión que me hace pretender que todo transcurre como debiera. Es la voz que me guía de vuelta a una realidad que amo tanto como la detesto, es el calor que de pronto se siente frío mientras transpiro por motivo de una asfixiante desesperación. ¿Quién soy?  Un hombre joven en pleno tránsito esquivando los carros de carreras; las banderas a cuadros. Soy la voz que se quiebra por motivo del placer que en ocasiones me resulta ajeno, porque estoy tan habituado a rendirme que me cuesta asumirlo como mío. Me cuesta aceptar ese regalo que me da ella. De allí a que ella susurre, apriete sus labios, rasguñe mi pecho y se aburra tras tan solo 15 segundos de mi abrumadora insatisfacción. Me cansa, me angustia, me decepciona esta perpetua insatisfacción.
     ¿Dónde estoy? Quiero creer que en donde debería estar, pero detrás de ese deseo insulso yo sé que no es así. Ahora ya sale a la luz esa verdad. ¿Qué se supone que debo hacer? Nadie debe ayudarme a responder esa pregunta. Lo repito: Me aburre, me angustia, me decepciona esta perpetua insatisfacción. Me enferma esta situación.

martes, 3 de febrero de 2015

Sonriente

La sonrisa que funciona como muralla, a veces se rompe, y cuando eso sucede me escondo. No vale la pena extenderse demasiado en una explicación, que bien puede realizarse de una manera bastante sencilla; si ya no se puede sonreír cuando las cosas no están saliendo bien, es entonces mejor retirarse a planificar una mejor estrategia. No necesariamente se podría asumir que huyo de los problemas, por el contrario, decido enfrentarlos por mi cuenta, como un vaquero.

Son seis las balas que carga mi revólver, algunas cuantas libras de peso. Nada para un brazo derecho bien entrenado en las artes de subir y bajar la muñeca; eso sin mencionar a los dedos mallugados de tanto teclear a lo largo de la semana. Una correa gruesa de la cual cuelga la funda al más salvaje estilo del oeste antiguo. Botas imaginarias que no impiden que el frío del piso me congele los pies. Estoy listo para el duelo, estoy listo para que me disparen, pues soy increíble en lo que respecta a esquivar balas enemigas.

Imagínenme sentado en una silla azul de esas que suben y bajan frente a un monitor de computador usando medias rotas en los talones y un short de jean al cual se le baja solo el cierre. Imagínenme disfrutando de fotos del pasado. Surge de pronto ese sentimiento de nostalgia al ver tantos rostros sonriendo a mi lado. Imaginen que yo empiezo a extrañarlos. Háganse una imagen mental de un rostro pintado de negro que no sonríe. Ejerciten sus capacidades imaginativas, ese rostro tenía una razón para estar tan serio.

La hipocresía del ambiente laboral enferma, es realmente infecciosa y termina ocasionándome vómitos aun cuando ya ella se ha quedado atrás. Pienso entonces, ¿será que fui yo? Sí, por supuesto que fui yo, pero eso no es lo importante. Sucede que ya el ciclo había terminado y más de uno quería dispararme por la espalda. Pido disculpas por tener una personalidad tan marcada, pido disculpas por ser tan peculiar, también aprovecho para mandarlos al carajo. No a todos, por supuesto que no, solo a un par de personajes que ahora describiré para continuar con nuestros ejercicios de creatividad.

Vamos a referirnos al villano número 1. Asumamos que su nombre es Macónri, una serpiente de lengua afilada. Muy bien, esta bestia disfruta de pasarse las tardes reptando por los callejones del pueblo en busca de víctimas a las cuales infectar con su veneno multicolor. Macónri, adora las camisetas ajustadas y te adula constantemente. Lo que no sabía Macónri es que mi arma estaba lista, lo que no sabía Macónri es que yo iba a partir antes de sufrir una picadura mortal. Lo que todavía no sabe Macónri es que no importa que tan rápido repte, se arrastre o nade, no podrá alcanzarme.

Vamos a referirnos a una víctima de la serpiente de camisetas ajustadas, alias Macónri; tenemos a Jazmín, una vaquera rebelde y de atrevidos pantalones de jean. Jazmín, pobre, dispara sin saber porqué, se contonea esperando adulaciones y respeto, mientras que el veneno de la hipocresía le corrompe cada Padre Nuestro matutino. Mandíbula de acero, le rechinan las muelas postizas y me apunta. Dispara a matar.

La sonrisa que funciona como muralla es más que un escudo, es un arma, es un engaño. Es la sombra que me cubre durante los días soleados, es la puerta secreta que nadie ha abierto. Es la carta que sirve para fundamentar mi truco antes de cantar una mano de póker ganadora. ¡A chupar se pueden ir! Hoy no será el día de mi muerte. La locura que corre por mis venas me mantiene vivo, me permite gozar de cada instante de la manera que cada uno merece ser gozado.

Imagínenme sentado en una silla de acero. Estoy usando unos pantalones azules y si gustan, imaginen algunos pelos de gato pegados en el área de los bolsillos. Eso es culpa de Alicia, mi compañera felina. Imaginen que uso una camisa blanca de rayas finas azules y una corbata oscura. Así me vestí el 15 de julio. Mis cabellos rizados se agitaron por la brisa y me lo disfruté. Fue una mañana tensa, ya no quería estar allí, pero tocaba continuar. Esa tarde conocí a un hombre que me ofreció la oportunidad de escapar y afrontar nuevos retos. Serían meses para descubrir que no tenía sentido permanecer atrapado, para armarme de valor y asumir que el final estaba cerca.

La historia avanzaba hasta el día 30 de octubre, cuando el rostro amargado me miraba fijamente a los ojos, cuando esa maldita serpiente fingía permanecer sumisa cuando ya sabía que la tormenta venía. Se movieron las ramas de los árboles y fui arrastrado por un tsunami. La trampa me la hicieron a mí. Pero resultaba ser que eso no me molestaba, resultaba ser que cada vez que me asfixiaba bajo el agua me sentía más libre. Tras morir esa parte de mí que quería ver muerta pude finalmente librarme de tantas emociones negativas. No podría explicarlo en palabras sin terminar armándome con un bate y yendo a partir unos cuantos rostros a la calle, lo que terminaría conmigo dentro de una celda compartida con unos 40 reclusos porque estamos en el tercer mundo.

No tiene sentido recordar las pesadillas. Ni que me entusiasmara asustarme de nuevo. Ya he despertado y me siento como un león, no como el eliminado equipo de béisbol, sino como la bestia que despedaza a sus víctimas bajo el abrazador calor africano. Hoy me siento feliz por el lugar en el que me encuentro. Hoy me siento contento con las personas que todavía permanecen en mi manada. Hoy solo he recordado a Macónri y a Jazmín por viejas fotos que todavía poseo porque soy un idiota acumulador de recuerdos.

Hoy veo mi sonrisa en algunas de estas fotos y se vienen a mi cabeza tantos recuerdos. Hoy me veo ahí parado al lado de algunas personas con las cuales no debí haber cometido el error de posar. Pero así soy yo; disfruto haciendo cosas incomprensibles. Yo sabía que algún día iba a mirar al pasado para recordar y me iba a gozar ese momento, porque ya estaría en el camino correcto mientras que las demás hormigas continuarían levantando las migajas. Allí está su rostro, en sus ojos se esconde la emoción de saber que me había quitado del medio y en los míos se nota claramente que aquella era una ansiada despedida.

Imagínenme ahora sonriente, rascándome la cabeza y pasando foto tras foto, sintiéndome como un vaquero esquivando balas. Sintiéndome como un león devorando a sus presas, sintiéndome satisfecho. Imaginen que todas mis seis balas dibujaron la silueta de Jazmín en un muro detrás de ella. Se le cayó la mandíbula y soltó su arma. Ambos viviremos para contarlo. Ambos somos ganadores esta noche.

Allí lo tienen, puede que me vean sonriendo, pero no saben que dentro de mi cabeza están pasando muchas cosas. Pero no saben si de hecho estamos acá conociéndonos mejor gracias a una lectura amena. Nadie lo sabe, quizá ya la vida haya terminado. Nadie sabe qué es lo que está pasando y eso es lo que lo hace divertido, eso es lo que hace que este tiempo que invierten de hecho ha sido de provecho y eso no es lo importante. Lo importante es que crean que así fue. Lo que cierra esta cantidad soberbia de cháchara es la idea central de que deben siempre confiar en que se encuentran en el camino correcto, porque solo con fe se llega a la tierra prometida, así se encuentre ésta en el medio del mar, en la cima de una montaña, entre un par de hermosas piernas o incluso se encuentre este lugar debajo de sus almohadas. A lo mejor solo lo encuentran en sus sueños.


Lo mejor es lo que pasa, mis amigos.


L.F. Arias (11-2014)